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HISTORIA DE CASTROTORAFE POR BENJAMIN ALVAREZ

I N T R O D U C C I O N

El objetivo de este trabajo ha sido la recopilación del mayor número de datos posible relativos a Castrotorafe, dispersados en las diferentes bibliografías, y darles unidad situándolas en su contexto. Quizás resulte demasiado extenso en algunos de sus capítulos, pero eso justifica el afán de hacer comprensible el dato a todo tipo de lector que esté interesado en el tema.

Castrotorafe alcanza su apogeo en plena Edad Media, llegando a rivalizar, junto a Toro, con Zamora, en una de las ciudades de mayor importancia en aquel periodo. Debido a una situación estratégica era fundamental en los planes políticos de algunos monarcas leoneses como Fernando II, Alfonso IX y Fernando III. Por ello, en numerosas ocasiones se reservaron su dominio y fue entregada a la Orden de Santiago en 1176, a la cual perteneció hasta su despoblamiento en el siglo XVIII, salvo en algunos episodios esporádicos en los que, siendo objeto de deseo en la Baja Edad Media de los poderosos nobles, pasó al poder de éstos.

Allí se refugiaron – en 1230- las infantas Doña Sancha y Doña Dulce temerosas de su hermano Fernando III; el infante Don Juan, labró moneda falsa cuando se rebeló contra Fernando IV, y Juan Alfonso de Alburquerque lo utilizó contra Pedro I, para más tarde ser destruido por Enrique II por apoyar a su hermano.

He de resaltar lo costoso que me ha resultado llevar a cabo este trabajo debido a la gran cantidad de documentos que sobre el tema han desaparecido, tanto de los archivos municipales y parroquiales de San Cebrián de Castro, como también de los Históricos Provinciales, Diocesano, Catedralicio y de la Diputación de Zamora.

Los datos más interesantes son los que aparecen en libros manuscritos donde se expresan detalles de las visitas al castillo y su estado, a la iglesia, el número de vecinos, notificaciones y mandamientos al Alcaide del castillo o cura de la iglesia para las reparaciones y mejora de los edificios.

En la Real Chancillería de Valladolid, existen datos referentes a la Encomienda de Castrotorafe sobre un pleito relativo a la posesión y tenencia de una aceña en el rio Esla y próxima a Castrotorafe. Existen además numerosos artículos de prensa, revistas y algún folletín de Zatarain Fernández sobre el mismo asunto.

Hay algunos documentos gráficos que nos muestra cómo fue su estado primitivo, tanto de la fortaleza como de la iglesia; así como de la villa con sus casas. Hasta ahora los pocos rasgos que conocemos son el fruto de la imaginación y el esfuerzo de su reconstrucción en papel sobre la base de los datos que aparecen en las visitas al castillo y a la iglesia.

Las fuentes comienzan cuando Castrotorafe está ya constituida como villa, y se le concede un fuero por el cual se rige el discurrir y devenir de una población; acaban dichas fuentes cuando esta villa es un montón de ruinas y la ampliación del embalse de Ricobayo podrían hacerlas desaparecer para siempre. Es decir: “el Alba y el Ocaso de la mítica Castrotorafe”.

                                

 

SITUACION

Se accede al conjunto a través de dos posibles vías: la carretera nacional 630, a 25 km. de Zamora en dirección a Benavente, o bien a través de la carretera nacional 525 que desde cerca de Galicia por puebla de Sanabria conduce a la nacional 630 muy cerca de San Cebrián de Castro, término municipal al que pertenecen en la actualidad. Desde la carretera se pueden observar parte de lo que se nos presenta como una erosionada dentadura.

Se levantó Castrotorafe en la margen izquierda del Esla sobre un otero con escarpes hacia el río, siendo esta parte, por ello, la de mejor defensa. Sus coordenadas son: 41º 43´ 20´´ -02º 06´ 20´´ -MTN- Manganeses de la Lampreana. Es decir en el límite occidental de la Comarca del Pan y, por tanto, también en el límite de la Tierra de Campos, ya que al otro lado de dicho río se manifiestan, ostensiblemente, las estribaciones de la Sierra de la Culebra. En esa parte, enfrente del castillo y cruzando el río, se encuentra la denominada Dehesa de la Encomienda, haciendo así referencia a su antigua pertenencia a Castrotorafe.

La razón de ser de la villa y el castillo, según todos los indicios, parece ser que se debió a la existencia del puente que ponía en comunicación a Castilla con Portugal y Galicia. También puede ser que dicho puente fuera parte del trayecto de la Vía de la Plata, así al menos lo creyó el historiador A. Saavedra. Precisamente la cuestión de su localización con relación a la Vía de la Plata, ha quedado sin resolver, así como su identificación con el Vico Aquario de los romanos.

 

TERMINOLOGIA

En la bibliografía consultada aparece como : “Castrotoraf” en 1129, en 1143 “Castrum Torali”, “Castru Turafe” en 1153, y por último como “Castro Toraph” en 1156; lo curioso es que todas estas variaciones se dan durante el reinado de Alfonso VII. Consultado el diccionario Crítico Etimológico de Corominas parece provenir de “Castrum-i” y de “Toral-is” que significa “el de mayor fuerza o vigor”;no sabemos si era debido a sus cualidades defensivas o por ser un topónimo.

Nos parece interesante resaltar que aproximadamente a cerca de 14 km., en el trazado de la Cañada, existe el pago de “Venta de Toral” y a 74 km. “Toral de los Guzmanes” en la provincia de León, por lo que nos inclinamos por esta última interpretación, refrendada además por un documento del reinado de Fernando I relativa a la donación que hacen los reyes a San Isidoro con motivo del traslado del santo, apareciendo la expresión de “alia Torale in ripa Estole ad villam Palmaci” que se traduce por “otra villa en el Toral”, al hacer referencia a una villa que cambian con el abad Froila, refiriéndose quizás a Castrotorafe.

Al hecho de que la “l” de Toral se transforme en “F” no se le ha podido encontrar una explicación cierta. Lo que está claro es que no procede, esta transformación, ni del latín ni del árabe. Quizás se deba a una corrupción del lenguaje o una influencia visigótica. No en vano está cerca de Villafáfila que según José María Albaigés “procede de “Villa de Fáfila o Favila”, nombre visigótico. De hecho en esta villa se encontraron en 1923 tres cruces visigóticas de oro que se conservan en el Museo Provincial. Se han producido también hallazgos arqueológicos de esta época en otras zonas cercanas como Moreruela de Tábara, Granja de Moreruela, y, por supuesto la espléndida San Pedro de la Nave, que de su lugar original, en el pantano de Ricobayo, fue trasladada, en los años treinta, piedra a piedra a su actual emplazamiento.

 

FECHA DE CONSTRUCCION Y DESCRIPCION

El actual conjunto de recinto y castillo de Castrotorafe presenta diferentes etapas constructivas, y aunque sus ruinas nos retraen al siglo XII u XI, como mucho, es casi seguro que allí hubo otros asentamientos. En este sentido el profesor Gutiérrez González afirma que responde a la tipología de “refortificaciones de hormigón de cal y canto o mampostería sobre castros” propia de la Plena Edad Media. El mismo autor afirma en otra de sus obras que estos recintos solían tener una extensión media de 9 Ha., su forma era ovalada o cuadrangular, contando con una edificación fortificada en uno de sus ángulos. A estas características se adapta la villa y castillo de Castrotorafe, situándose este último en el ángulo NO., porque al dar en vertiente escarpada al río era el de mejor defensa, y porque era también el más estratégico dada su proximidad al puente cuya protección parece ser la razón de su existencia.

El recinto amurallado exterior es irregular al adaptarse al terreno en que está enclavado, y como se puede observar es también muy extenso, respondiendo así a la tipología señalada por Gutiérrez González. El conjunto del castillo está a su vez constituido por dos recintos –con torreones en los ángulos—que tienen forma trapezoidal. Para Cobos Guerra y De Castro Fernández, “El castillo nació como tal cuando, en un ángulo del recinto amurallado, se levantaron dos muros perpendiculares entre sí, a modo de atajo con torres de planta cuadrada que destacan por su aparejo de sillares en las esquinas. Se aprecia igualmente el relevante de los muros de la cerca que conforman las otras dos paredes del recinto”.

Con respecto a la fecha de construcción, no existe constancia documental de cuando se pudo erigir por primera vez; sí existe alguna de las reparaciones más que de posibles reconstrucciones; pero hay que tener en cuenta que en numerosas ocasiones fue arrasado, lo cual justificaría la variedad de etapas constructivas que se pueden observar en sus ruinas. En este sentido Garnacho habla de dos facturas: las de la villa, y la torre del NO del castillo, pertenecen al siglo XI, mientras que el resto de la fortaleza fue reedificado a finales del siglo XV. Sin embargo, para los autores arriba citados –Cobos y De castro- los restos más antiguos son del siglo XII-XIII (muralla urbana), el castillo sería del siglo XIV, y la barrera, de la segunda mitad del XV.

 

SOBRE EL ORIGEN DE CASTROTORAFE

La falta de excavaciones arqueológicas, que se consideran en casos como este muy necesarias, impide conocer con exactitud el origen y desarrollo de este poblamiento; pero apoyándonos en las referencias de los distintos autores, las características geográficas y morfológicas, y algunos otros datos que se expondrán, se puede suponer que a lo largo del tiempo se ha producido la superposición de diferentes grupos humanos; lo cual, por otra parte, suele ser frecuente cuando la ubicación del castillo se encuentra en un lugar estratégico, con unas determinadas condiciones, como es el caso de Castrotorafe.

 

EPOCA PRERROMANA

Hay indicios de que hubiera ya en la zona, asentamientos de la época prehistórica. Así, Sevillano Carbajal en su Testimonio arqueológico de la provincia de Zamora nos dice que: “Visitamos el lugar el 3 de Octubre de 1961, y hallaos en la parte suroeste, una semiesfera d cuarzo tallada de las que comienzan a verse en el Paleolítico…que servían para situar encima de tres o cuatro de ellas las vasijas de fondo redondo, dentro del fuego, o sea, que para nosotros son el primer antecedente de las trébedes que se ven en algunas cocinas de las casas de pueblos de Zamora”. En esta misma visita encontraron también trozos de tégulas romanas, y parece muy sintomático que en una sola exploración tuvieran la suerte de encontrar dos hallazgos arqueológicos significativos.

Más recientemente, el Departamento de Prehistoria del Colegio Universitario de Zamora ha realizado unos estudios que afirman la aparición de algunos restos del periodo Achelense. Ya en época propiamente prerromana resulta que el Esla es la frontera entre los territorios de astures (oeste) y vacceos (al este), y a tenor de lo que ha dicho el profesor Gutiérrez González también debía estar poblada, puesto que afirma que el foso del castillo podría ser de época prerromana. Por otra parte Garnacho dice que “Castrotorafe debía ser una de las fortalezas del Esla en que se resistieron los astures cuando la guerra de los Cántabros, terminada en tiempo de Augusto”.

 

EPOCA ROMANA

De esta época Sevillano Carvajal encontró dichas tégulas de variados perfiles… abundando los de reborde en cuarto de círculo; tipo que solamente ha sido hallado en lugares que por su situación, como esta de Castrotorafe, nos inclina a creer que en un principio fueron campamentos o al menos puestos avanzados de tropas romanas. De la misma opinión es José María Bragado Toranzo, para quien es posible que Castrotorafe fuera un asentamiento militar, dadas las condiciones generales así como algunos restos arqueológicos. Precisamente, un problema importante de Castrotorafe en esta época es su posible identificación con la mansión de Vico Aquario de la Vía de la Plata de los romanos.

A lo largo de las vías se establecían las mansiones, una especie de estaciones, de parada y fonda, o casa de postas, donde se podía encontrar avituallamiento, hospedaje y recambio de caballerías. Solía haber una distancia de 20 a 25 millas romanas entre ellas. Y según el Itinerario de Antonino el Vico Aquario era una estación intermedia entre Briceo y Ocelo Duri,a una distancia de 72 millas de Astúrica y 57 de Salmántica, que son precisamente las distancias que se miden de San Cebrián de castro a Salamanca y a Astorga. En la monografía de Ruta de la Plata, se detallan el resto de mansiones de dicha vía y se puede observar como el problema de Vico Aquario no es el único con dificultades en su identificación y localización.

En definitiva, podemos decir que Vico Aquario era una mansión, que como tal tenía repuestos de 40 caballos, carros, bueyes, etc., necesarios para el relevo en el trayecto de las tropas en marcha, que era un lugar abierto y era una entidad intermedia, en cuanto a población se refiere.

 

C A P I T U L O I

PRELIMINARES:- Autores y documentos consultados.- Método que se sigue y plan de la obra.

Cuando tomé posesión de la única parroquia de la Villa de San Cebrián de Castro a cuya jurisdicción pertenece la que fue un día importante población de Castrotorafe, recordando lo poco que había leído de su historia y el papel que había desempeñado en ciertas épocas, concebí grandes deseos de adquirir los datos necesarios para formar un juicio exacto sobre su origen y antigüedad, sucesos históricos…….que enemigo jurado de nuestra Santa Religión, paleaban por tanto por su Dios y por su Patria jurando vencer o morir en la contienda, y con sus heroicos escuadrones escribieron páginas de inmortal gloria en la historia de la Patria.

Arrinconados los sarracenos en la parte meridional de España y libres ya Castilla, León, Galicia y Asturias de sus correrías, el ocio en que las Ordenes Militares empezaron a vivir, sus inmensas riquezas y su gran poderío, hiciéronlas intervenir en nuestras luchas intestinas, y las alternativas de grandeza y miserias, de glorias y reveses por que tuvieron que pasar, y repercutir necesariamente en las plazas y fortalezas que poseían. Por otro lado la alta dignidad de Maestre llegó a su poderío tal, que ambicionaban su investidura los infantes y los más opulentos magnates, viniendo a suceder que en lugar de sencillas elecciones que en un principio se hacían conforme los estatutos, llegó época en la que encendióse terrible lucha entre los pretendientes, poniendo en peligro la tranquilidad pública y aún el mismo trono.

Providencialmente ocuparon los solios de Castilla y Aragón dos grande figuras de la historia distinguidos con el hermoso nombre de los “Reyes Católicos”, los que si con su matrimonio consumaron la grande obra de la Unidad Nacional, con su talento político supieron hallar medios para enfrentar la insoportable audacia de la nobleza feudal. En este reinado, también las Ordenanzas Militares fueron objeto de importantes y necesarias reformas, pues nuestros monarcas lograron de la Santa Sede incorporarse a los maestrazgos de la corona, dando con esta medida el golpe de gracia a las divisiones, disturbios y desgracias que acarreaba cada elección maestral.

Tampoco se olvidaron los Reyes Católicos del organismo jurídico, que andaba tan revuelto como los demás organismos y por lo que respecta a las Ordenes Militares, que es lo único que a nuestro juicio e intento puede interesar, diremos que después de incorporarse los maestrazgos a la corona, siendo la multitud de leyes, fueros y usos porque se regían los diversos pueblos de las Ordenes, se creó el “Real Consejo de las Ordenes Militares”, se dividieron los diversos territorios en partidos y, para el régimen de éstos, establecieron gobiernos generales y alcaldías mayores, publicándose en lo sucesivo leyes y dándose reales provisiones que normalizasen la vida de los pueblos y amparasen os derechos de sus moradores. La vida municipal empezó también a vigorizarse y los pueblos adquirieron aquella independencia y libertad tan necesaria que les era para desarrollar sus intereses y salir de la humillante tutela en que les tenían sumidos los señores de la horca cuchillo.

En el nuevo arreglo que las jurisdicciones hicieron de los Reyes Católicos en el territorio de las Ordenes Militares, vióse desde luego que Castrotorafe honraba con una Alcaldía Mayor, siendo convertida en capital de todos los pueblos que la Orden de Santiago poseía en los antiguos reinos de Castilla, León, Galicia y el Principado de Asturias, y esto aguijoneaba en sí más y más, el deseo de conocer su historia. El continuo ojear los documentos que el archivo parroquial tenía, si bien pudo proporcionarme algunos datos, eran de verdad tan escasos, que no podían satisfacer por completo mis intentos, y fuéme preciso por tanto volver la vista a otros lados, y afortunadamente llego a mis manos la extensa vida que del venerable fundador de la Orden de Santiago escribiera el Dr. D. José López de Ayurleta en la que hallé curiosos datos históricos, y pude también convencerme de la exactitud con que en el archivo parroquial se encontraban copiados varios privilegios y donaciones del tiempo de los Reyes D. Alfonso VII D. Fernando II.

Por fortuna también coincidieron mis trabajos con la publicación de las eruditas memorias históricas que de Zamora y su provincia estaba escribiendo el sabio marino e ilustre zamorano D. Cesáreo Fernández Duro, las que dieron gran luz sobre asuntos para mí dudosos y oscuros, y en la parte religiosa, ha servido de faro la historia eclesiástica en especial la publicada por el Dr. D. Vicente de la Fuente.

Me faltaban sin embargo datos para poder apreciar la organización municipal; la vida y costumbres de esta tierra y cuanto con ellas relacionarse pudiera y me dirigí al archivo municipal de esta Villa de San Cebrián de Castro, con entera confianza de hallar cuanto necesitara, máxime cuando en ella era natural que se archivara toda la documentación de la destruida Castrotorafe, puesto que en ella también se estableció la capital y en ella vincularon todos los honores y preeminencias que antes tuviera Castrotorafe, y aunque se aseguraba por personas que tenían motivos para conocer el archivo, ya por su posición, ya por los caros que en el pueblo habían desempeñado, que nada se encontraba en él que se relacionara con el asunto que me proponía, persistí en mi intento de examinarlo. Desgraciadamente conocí enseguida, que en este archivo reinaba no solamente una completa confusión de papeles, pues se hallaban revueltos sin orden ni concierto, sino también que estaba horriblemente mutilado. En una palabra: “el archivo municipal corría parejas con el parroquial; parecía que los dos habían sido custodiados y dirigidos por una misma mano”.

Pude sin embargo tras asiduo trabajo, hallar lo libros de acuerdos, los de cuentas y los de nombramientos desde principios del siglo XVI, y en ellos encontré muchas curiosidades que prestaron materiales para la obra que me había propuesto construir. Con todos los datos que en estos libros y en los papeles de la parroquia pude hallar, con los suministrados por las obras de historia que he ojeado, y no despreciando tradiciones populares, que si bien por lo común se adulteran al ser transmitidas de generación en generación, siempre tienen fundamento de un hecho real y positivo, ordené el pensamiento concebido y principio a escribir esta historia de Castrotorafe.

Creo necesario exponer aquel plan o método que he de seguir en él para mi trabajo laborioso en esta obra. La historia de un solo pueblo resultaría árida y fatigosa la lectura si el autor se concretase a narrar los sucesos únicamente en él sucedidos, abría ocasiones en que sería oscuro y hasta incomprensible el hecho que se relata. Y para evitar estos escollos y dar vida y animación al cuadro me parece oportuno dar una sucinta noticia de aquellos reinados, que influyeron con su marcha en los sucesos que posteriormente ocurrieron en Castrotorafe o de algún modo los prepararon. También me parece conveniente presentar un pequeño bosquejo de la Orden Militar de Santiago, principalmente desde la incorporación de los maestrazgos a la corona, para mejor apreciar la importancia de Castrotorafe en su última etapa. Finalmente, aun cuando esta villa hace ya tiempo que dejó de existir, es necesario continuar la historia hasta la completa abolición de todas las jurisdicciones exentas porque además de la especial organización jurídica civil del territorio, hasta estos últimos tiempos nuestra venerada villa da su histórico nombre a la Alcaldía Mayor y a su corporación municipal.

No limitaré mi trabajo a la descarnada narración de los hechos, cosa que hoy nadie puede hacer, sin caer en ridículo, sino que siguiendo las reglas de una sana y racional crítica, los examinaré imparcialmente exponiendo con ingenuidad mi modesto parecer, ateniéndome con especial cuidado a los tiempos y circunstancias que tuvieron lugar, pues querer juzgar los nombres y las cosas antiguas por el gusto, costumbres e ideas que hoy en día reinan sería una completa aberración. Aun cuando no me hallo afiliado a ninguna escuela filosófica ni política, y por lo tanto soy completamente independiente para examinar y juzgar el porqué de los acontecimientos, veo con sentimiento que hoy se prescinde por muchos de la imparcialidad necesaria para escribir la historia, llevando al hacerlo una idea preconcebida, que puede ser perjudicial en exceso.

Yo huyo completamente de semejante escollo; prefiero se me tache de pobre en mis escritos, a que se me niegue la sinceridad e ingenuidad. Falta el sentimiento de equidad y justicia en aquellos historiadores, que en vez de examinar y apreciar las instituciones con tranquilidad y sin apasionamientos, pretenden dar un sesgo particular e impropio a los sucesos que narran, amontonando a su modo en sombrío cuadro las miserias humanas, explicándolas caprichosamente, y excluyendo a su vez grandes concepciones y agigantados esfuerzos que las mismas instituciones han llevado a cabo en todos los tiempos para sacar la sociedad de la barbarie, e ir construyendo poco a poco el edificio de la civilización cristiana, a cuyo abrigo de los pueblos hallan su propio bienestar. Este sistema es desgraciadamente muy frecuente en la presente época y sirve poderosamente de fuerte ariete a la escuela revolucionaria y descreída para batir en brecha el altar y el trono, sólidos fundamentos del orden social, y a cuyo amigable consorcio debe nuestra España, su grandeza y poderío, su ciencia y su honradez.

Esto no es escribir historia, esto se llama falsear la historia, con el preconcebido plan de envenenar la inteligencia de la incauta juventud, para crear generaciones excépticas y revolucionarias. Podré yo equivocarme con facilidad suma en mis apreciaciones, pero siempre caminaré con el aplomo correspondiente a la respetable idea que tengo formada de la historia y del escrúpulo con que debe manejarse.

Para conservar la debida unidad y necesaria claridad en la narración y exposición de los hechos históricos, pondré al final del correspondiente capítulo copia íntegra de los curiosos documentos que poseo, muchos de los cuales verán por primera vez luz pública, por existir en mi archivo los originales, y de los que ya han sido publicados por diversos autores, en vista de las variantes que existen, me atengo al texto de las copias que obran en los libros parroquiales; pero los acuerdos del regimiento o decretos de los Alcaldes Mayores irán en el lugar correspondiente de la obra, pues por su poca extensión no pueden en manera alguna entorpecer la unidad, claridad y orden que reinar deben en toda clase de escritos. Unos y otros documentos estamparán con su propia ortografía.

Todo cuanto aquí se diga, así es, e prefiero haya pobreza de datos antes de acumular hechos que puedan y deban ser desmentidos, y por la misma razón los que anote, lo haré tal y como lo haya concebido, o con dudosos, y en conformidad también con la verdad religiosa, la que desgraciadamente suela salir mal parada la pluma de algunos escritores.

 

C A P I T U L O II

Primeros invasores de España.- Situación y origen de Castrotorafe.- ¿Porqué se llama Zamora la Vieja?. 

En el laberinto de opiniones sustentadas por nuestros historiadores acerca de quiénes fueron los primeros pobladores de España, basta a nuestro intento decir que los barcos ocuparon todo el territorio comprendido entre los ríos Duero y Esla, y por lo tanto la villa cuya historia vamos a trazar hallose en el terreno por ellos ocupado.

Vinieron después diversas invasiones, pues no parece sino que las tribus de la tierra ambicionaban la posesión de las fértiles campiñas de nuestra Patria, y disputándose unos a otros su ocupación corría la sangre y los campos se llenaban de cadáveres. Llegaron los cartagineses en pos, y cuando ya se creían dueños de la antigua Esperia, sus émulos los romanos apostaron sus brillantes legiones logrando tras larga y cruenta guerra derrotar al bravo cartaginés y extender su dominación por la Península Ibérica. No consiguieron sin embargo disfrutar pacíficamente de su presa, porque el indomable carácter español supo hacerles frente.

Por lo que a nuestro país atañe, basta recordar las hazañas del valiente capitán zamorano Viriato, que con sus aguerridas huestes, supo derrotar en mil encuentros las más ilustres legiones romanas y quebrantar el orgullo y nombradía de sus afamados cónsules. Ya no se atrevían éstos a medir sus armas con el valeroso caudillo español, y viendo la imposibilidad de derrotarlo en buena y honrosa lid, acudieron a la seducción y al crimen, y Viriato murió vilmente asesinado, y después perecieron entre las llamas Numancia y Sagunto, legando glorioso renombre a los españoles, y por fin Roma consiguió tras el largo y rudo batallar asentar su dominio entre nuestra heroica península. Para el mejor gobierno de España, la dividieron en tres grandes provincias, perteneciendo nuestro territorio a la que se denominó “Lusitania”.

En esta provincia romana y al caminar de Zamora a la Puebla de Sanabria, cuando se han andado unos veinticinco kilómetros, cerca ya del Puente de la Estrella descúbrense a las márgenes del río Esla las ruinas de una antigua población. La soledad en que yacen, su abandono y el pintoresco panorama que desde su desierto recinto se contempla, embargan la imaginación del curioso que las visita y se prestan maravillosamente a la leyenda. El viajero al contemplar semejantes ruinas desea saber qué población era la que allí se asentaba, si pregunta a los naturales del país, verá el grande aplomo con que le contestan: “aquella es Zamora la Vieja”, cuando en realidad lo que contemplan sus ojos, es únicamente los restos de la histórica villa de Castrotorafe, asentados en la margen izquierda del río Esla, sobre una pequeña eminencia, que desde San Cebrián de Castro y en dirección N.O. va extendiéndose por espacio de media hora en una suave y apenas perceptible subida.

En la parte norte de su amurallado recinto, y sobre la escarpada y pedregosa margen del rio, se eleva un castillo de torres rectangulares y de forma rectangular con sus dos órdenes de defensas; el primero, o sea, el exterior, consiste en un fuerte murallón almenado, con su ancho y profundo foso, y con cuatro reductos circulares en sus cuatro ángulos; el segundo, o cuerpo principal de la fortaleza aislado e independiente de aquel, se compone de dos grandes torres elevadas, cuadradas, unidas por gruesas murallas que resguardan la plaza de armas y debían servir al mismo tiempo de ciudadela a la guarnición.

Nada puede decirse con certeza del origen y época en que fue fundada esta población, y por más indagaciones que he hecho, no me ha sido posible hallar datos sobre el particular. Si se examinan detenidamente sus fortificaciones construidas de mampostería con buen mortero de cal, notase desde luego, que su construcción parece llevada a cabo en dos distintas épocas, pero relativamente modernas. La muralla de la villa y la torre del N.E. del castillo, denotan mayor antigüedad, pero a lo sumo debieron levantarse en el siglo XI; mientras que la otra torre y el resto del alcázar, cuyas almenas están aspirelladas, debió construirse a últimos ya del siglo XV.

Es sin embargo mucho más antiguo el origen de esta población, figurando en la historia algunos siglos antes como veremos en su lugar. Es más, en mi juicio debió ser origen romano por lo menos, y al emitir este pensamiento me inducen razones que creo de bastante peso. Tenemos en primer lugar el hermoso puente de construcción romana, que partiendo del escabroso cerro que se asienta en la fortaleza, franquea el paso del río a los habitantes de la población; puente que regularmente construiría el emperador Trajano como hizo con muchos de España.

Además de las grandes vías militares con que cruzan nuestra Patria aquellos dominadores, las que describe minuciosamente Antonio Pío Augusto en su itinerario, haciendo detalladamente mención de los puntos que servían de estación, encontramos nombrado el pueblo de “Vicum Aquarium” o “Vicus Aquarium” en la vía que conducía desde Astúrica a Salamántica, colocando dichos vicus a setenta y dos millas de la primera y cincuenta y siete de la segunda, que son precisamente las que separan a Castrotorafe de Astorga y Salamanca. En la vía de Astorga a Zaragoza por Zamora, coloca a “Vicus Aquarium” a dieciséis millas “Ocellum Durii”, que hoy es Zamora, y como la legua española tenía cuatro millas romanas, no queda género alguno de duda ser el “Vicus Aquarium” romano de la antigua villa de Castrotorafe. Corrobora este aserto el notarse aún en las cercanías de la villa algunos restos de la vía romana, al haberse hallado por aquellos sitios algunos sepulcros romanos y hasta en nuestros días, se han descubierto intramuros de la población, varias monedas romanas también, algunas de ellas con el busto del Emperador Claudio Nerón.

Dijimos más atrás, que los naturales del país siempre la han llamado “Zamora la Vieja”, y ahora añadirse debe, que en muchas partes y por personas instruidas, se bautizan con este nombre las ruinas de Castrotorafe, y esto nos lleva como por la mano a indagar la causa o fundamento de semejante dictado. He hecho las indagaciones que me ha sido posible, y hablando en puridad, nada he podido conseguir, pero me parece que no hay razón fundada para sostener semejante nombre que la de la simple enunciación, suena así, como la primitiva Zamora, y en este juicio que he formado, me amparan razones para mí de gran peso.

Sabido es que Zamora es una de las ciudades más antigua de España perdiéndose su función en la oscuridad de los pueblos primitivos y tiempos históricos. Cierto es que no siempre ha sido conocida con el mismo nombre, ni acaso ha ocupado el mismo sitio que en la actualidad.

Hubo un tiempo en que serios ilustrados escritores sostuvieron con formal empeño, que es hija y sucesora de la antigua y heroica Ciudad de Numancia, y aún cuando descienda, por no ser propio de esta historia, demostrar la poca o ninguna razón de semejante aserto, baste su enunciación a fin de que se conozca que fuera Zamora edificada en ésta o en otra época, tuviera antes éste o el otro nombre, y hallárase antes en la margen izquierda del Duero, y después se reedificara en la derecha como algunos suponen, lo cierto es, que no ha habido escritor alguno que no asiente su meritísimo origen.

En los tiempos de los romanos se llamaba Zamora “Ocellum Durii” u Ocello Duro” como Castrotorafe se denominaba “Vicus Aquarium”, de modo que ya tenemos las dos poblaciones existiendo a un tiempo y con nombres diversos. ¿Porqué pues se le llama Zamora la Vieja?. El Padre Mariana en su Historia de España supone, que los árabes dieron a la antigua ciudad de Séntica, como él llama a la “Ocellum Durii” de los romanos, el nombre de Zamora por estar fundada sobre un peñascal y abundar su terreno en piedra que llama turquesa, y de ser esto cierto, con igual fundamento podría llamarse a Castrotorafe, Zamora, pues militan para ello iguales causas; pero en este caso me parece sería una segunda Zamora más bien que Zamora la Vieja.

Cuando a fuerza de luchar y derramar sangre, pudieron los españoles descender ya de los riscos de Asturias y Galicia, y acometer al infiel agareno en el terreno en que fue formado el antiguo reino de León, se empezó a edificar los pueblos arrasados, a repoblar el país y a labrar la tierra que había sido convertida en un espantoso hiermo. Las victoriosas armas de Alfonso III el Magno derrotaron completamente a Mahomet, empujándolo hacia Castilla, y para evitar hiciera nuevas correrías e incursiones en el terreno que se le había conquistado, se trató de fortificar toda la ribera del Duero, y la ciudad de Zamora, que se halló convertida en un montón de escombros, fue nuevamente reedificada y repoblada, y ya fuera porque agradase al victorioso monarca su bello panorama, ya porque la considerase punto de gran importancia estratégica, lo cierto es que fijó en ella su cuasi constante residencia, diciendo varios autores que este rey, o en tiempos de este rey se le dio el nombre de Zamora, y los escritores agarenos la dieron en llamar capital de Galicia.

Como Castrotorafe llegó a ser, como veremos en su lugar, la capital de Castilla, Galicia, León y Asturias, por la Orden Militar de Santiago, se pregunta aquí “¿Serán estas coincidencias causa ocasional de su equívoco habiendo alguien que llegara a suponer estuviera Zamora asentada primeramente en Castrotorafe, y después fuera levantada por Alfonso III en el sitio que hoy ocupa?.

Sea de ello lo que quiera, no echemos en olvido, que el vulgo aficionado por lo común a aconsejar que con el nombre de tradiciones transmite y sostiene de generación en generación, finge historias y narra sucesos que nada significan, o acaso sirven solamente para deducir los timbres del pueblo que quiere enaltecer.

Se ve por lo expuesto, que Zamora figura con su historia propia y con envidiables timbres en la época a que nos referimos, y que nunca ha dejado de ser bañada por las aguas del Duero, mientras Castrotorafe, asentada siempre sobre un peñasco que domina el Esla, tiene también sus timbres y sus glorias peculiares sin necesidad para engalanarse de despojar de sus joyas a la vieja matrona que hoy en día da nombre a toda la provincia. También pudo suceder que llegando a Castrotorafe, según veremos más adelante, a ser la mejor y más fuerte plaza que tuvo el reino de León, y refugio y hasta mansión de nobles y virtuosas princesas, llegase con el tiempo a creerse malamente había sido la capital de esta tierra y por antonomasia es la que diera en llamar “Zamora la Vieja”.

 

C A P I T U L O III

 

Oscuridad histórica hasta el reinado de Alfonso III.- Reinados desde Ordoño II a Ramiro II.- Ramiro III.- Bermudo II.

Aún cuando sabemos la antigüedad de Castrotorafe, y que por lo menos fue fundada por los romanos, sin embargo en el largo periodo de la dominación de éstos en España, ignórase por completo el papel que desempeñar pudiera nuestra villa. Tampoco nos habla la historia de las vicisitudes por que pudiera atravesar en aquella triste época de las invasiones , luchas, incendios y destrucciones con que asolaron el Mediodía de Europa, las numerosas hordas salvajes, que salidas de los espesos bosques del Norte, fueron el azote de los pueblos, siendo España uno de los puntos que más participación tuvo en el general desastre.

La religión católica fue domando estas hordas que parecían indomables, y mezcladas ya y unidas a la raza española, parecía renacer una era de paz en la Península, cuando las brutales falanges de los sectarios de Mahoma sepultan en el Guadalete el trono de nuestros reyes, y con tal empuje se extienden por la nación que nadie puede resistirle, y los que pueden escapar de tan sangrienta acometida, refugiándose los más de una parte en las montañas de Sobrarve y los de la otra en los ásperos riscos de Covadonga, en los que empieza la heroica contienda de la Reconquista.

Castrotorafe, como todos los demás pueblos de nuestra comarca, debió ser víctima del furor agareno, pero a punto cierto nada podemos decir, por carecer completamente de datos. Cuando a fuerza de luchar pudieron los españoles ir extendiendo hacia la llanura el campo de sus glorias, fueron reparando los estragos causados por la irrupción agarena, y al mismo tiempo buscando puntos estratégicos, que fortificados le sirvieran de puntos de apoyo en las sucesivas operaciones. Cuando ya les fue dable llegar a las orillas del Duero, Alfonso III, llamado el Magno, comenzó a sacar de sus ruinas a Zamora, y no sería aventurado conjeturar, que dada la excelente situación de Castrotorafe, se empezara no solamente a reedificar, sino también a fortificar, y que en las diversas correrías de moros y cristianos, no dejara de jugar su correspondiente papel y sufrir las consecuencias de las victorias y de las derrotas.

A la muerte de Alfonso III, se dividió el reino con tanto trabajo y tanta sangre constituído, entre sus hijos D. García, D. Ordoño y D. Fruela, y habiendo fallecido al poco tiempo D. García heredó sus estados su hermano Ordoño II, reuniendo en un solo reino Galicia y León. Nada se dirá de los sucesivos Reyes D. Fruela y Alfonso IV, pues no hubo, que sepamos, en sus tiempos acontecimiento alguno que interesar pudiera a nuestra historia. En el año 930 subió al trono de León Ramiro II, y deseando este monarca dilatar los confines de sus estados a costa de los africanos, preparó un numeroso ejército, dirigiéndose a los campos de Madrid y Toledo; pero las huestes agarenas al ver la acometida, invadieron también nuestra comarca, y aún cuando fueron vencidos, no dejaron de causar estragos y paralizar el movimiento de repoblación y de progreso que se había iniciado en el reino de Alfonso III.

En los siguientes reinados no hubo que temer tanto las acometidas de los sarracenos, por lo que los pueblos fueron prosperando, siendo Castrotorafe una de las poblaciones más favorecidas por la fortuna. Verdad es que dada su excelente posición parecía muy ventajosa para contener nuevas invasiones, y como su feraz terreno era a propósito para producir cuanto necesitar pudieran sus moradores, y las pintorescas riberas del río les brindan con grato esparcimiento, y mientras el Esla les proveyera de exquisita pesca, sus montes les proporcionaban abundante leña, pastos y caza, no es de extrañar que su población creciese, y aún que entre sus moradores se encontrasen gentes de calidad y nobleza.

Por felices y dichosos se tendrían ya los habitantes de este territorio creyendo sin duda no volverían a ser visitados por las gentes del turbante y la cimitarra, pero el rayo de la guerra, como lo llama la historia, el feroz Walí de Córdoba, Alí Almanzor, se encargó de sacarles de su error, reuniendo un grueso ejército en el otoño del 981, y entrando repentinamente en tierra de cristianos, atravesó el Duero, se dirigió a las orillas del Esla y estableció su campamento cerca de Castrotorafe. Repuesta la gente de la terrible sorpresa que le causara tan inesperada incursión, se anima, salen las tropas de improvisto de la plaza, y cayendo cual terrible avalancha contra el enemigo, logran vencerlo.

Al año siguiente falleció Ramiro III, sucediéndole en el trono Bermudo II llamado el “Gotoso”, infortunado príncipe que tuvo que devorar grandes disgustos, pues las ventas, las traiciones, las falsías y las ambiciones entre los grandes, se sucedían sin interrupción, no siendo suficiente a evitarlo, la autoridad del rey hollada y encarnecida como se veía diariamente, teniendo los pueblos que sufrir necesariamente las tristes consecuencias de tan anómala situación.

Por entonces dos célebres monjas acababan de fundar en la ribera del Esla y valle de Tábara el Monasterio de Moreruela; era San Froilán y San Atilano según Don Eustaquio Nanclares en la vida de San Atilano, asegurando Lobera que lo fundó en 985 el mismo Don Bermudo.

Deseando este desgraciado monarca proporcionar a sus pueblos la tranquilidad y el reposo que tanto necesitaban, rogó a los dos santos varones, que con el celo que tanto les caracterizaba, trataran de traer al camino de la virtud a sus vasallos, que tan extraviados andaban en su conducta, a causa de tantas revueltas y contiendas intestinas como había en el reino. Nuestros santos incansables en la obra de propagar las sanas doctrinas de la más exquisita moral, recorrieron casi todo el reino de León, siendo creencia general que misionaron también Castrotorafe.

Varias poblaciones se conjuraron contra Bermudo II y se dice en que la conjura entró también en Castrotorafe, y en tales términos, que parte de sus moradores, especialmente la nobleza, llevaron la felonía al extremo de engañar al monarca, ofreciéndole metida protección y ayuda para lograr se refugiase en la villa, con el fin de atraerlo y entregarlo en manos de los enemigos. Nada de extraño sería que Castrotorafe se contaminase de la lepra de las conjuraciones tan extendidas por desgracia por todo el reino, pero se resiste admitir la conclusión y desenlace del drama, esto es, que el próximo rey a caer en la emboscada, y cuando se hallaba cerca ya de Castrotorafe, tuvo secreto aviso de cuanto se trataba, por lo que huyó secretamente a León donde ordenó fuese arrasada la población, excepto las fortificaciones, y fuese sembrado su caso de sal, prohibiendo en absoluto el que se volviese a reedificar.

Los que sostienen el arrasamiento de Castrotorafe por el rey Bermudo II, fúndanse generalmente en un manuscrito, que con el título de: “Tradición constante y auténtica”, cuenta con minuciosos detalles la conjuración y su castigo, y del que circulan en este país multitud de copias, de las que hemos visto algunas, pero semejante papel, entre pocas verdades históricas contiene tal cúmulo de inexactitudes y tan estupendos anacronismos, como entre otros hablar de la potencia artillera de la plaza y de la Orden de Santiago en los tiempos de Bermudo II, que desde luego puede sospecharse, que su anónimo autor, o no sabía mucho de historia o quiso divertirse con la sencillez de sus cándidos lectores, si es que no se propuso otra cosa peor. ¡ Y el original se dice que procede de un antiguo archivo, y de él ha dado copias autorizadas un escribano en el pasado siglo (siglo XIX).

Sin embargo, puede asegurarse que Castrotorafe se vio en verdad talada y arrasada en el reinado de Bermudo II, mas no por las inconcebibles iras de este apocado monarca, sino por las terribles huestes de Alí Almanzor. Llegaron a conocimiento de la corte mora de Córdoba, las revueltas del reino de León ocasionadas por la ambición y rivalidades de los grandes y sostenidas por las imprudencias de Don Bermudo, y juzgose en ella ser ocasión propicia de apoderarse de las plazas que en anteriores guerras había perdido la gente musulmana. Alí Almanzor acariciaba la idea de vengarse de su pasada derrota, y soñaba ya con los estragos que había de causar a los leoneses los que desgraciadamente en la ocasión presente no habían de quedarse en la categoría de quiméricas ilusiones, pues como pronto veremos, llegó a realizar sus sanguinarios planes.

Puesto Almanzor al frente de un numeroso y aguerrido ejército invade el reino de León, talando y destruyendo cuanto encuentra a su paso. La resistencia que ponerle pueden los pueblos murados, avivan sus feroces y sanguinarios instintos, así es, que no contento con batir a los ejércitos que le hacen frente, cébase en los sencillos campesinos entregando al devorador elemento de las llamas de sus pacíficas moradas, después de haber permitido a la soldadesca entregarse al saqueo y al pillaje. El terror y el espanto cunde por todas las partes y parece presagiarse ya la vuelta a aquellos calamitosos tiempos en que los cristianos hubieron de refugiarse en las abruptas montañas de Asturias.

Ebrio con tanto triunfo llega Almanzor frente a los muros de León, pone sitio a la corte de nuestros reyes, y a los pocos días cae la Ciudad en poder del caudillo musulmán estrangulándola al desenfreno de sus tropas que cometieron toda clase de excesos, el saqueo, el robo, la violación, el incendio, quedando reducida la población a un triste montón de ruinas y escombros. Ya vio Alí Almanzor satisfechos sus deseos de venganza, ya se desquitó completamente del descalabro que sufrió en su anterior excursión; érale preciso, ya que no bastaba esto para satisfacer su vanidad, imponer su ignominioso yugo a los infortunados vencidos, y para ello obligó a los infelices leoneses a transportar en hombros hasta Córdoba, las campanas de su arruinada Ciudad.

Corrióse después hacia Zamora Almanzor con la misma furia y salvajismo, saqueando y arrasando cuantos pueblos encontrase a su paso; en esta general devastación perecieron multitud de poblaciones con tanto trabajo reedificadas en los anteriores reinados, los progresos que habían empezado a lograrse en la agricultura, y el aumento de población debidos a la paz que se venía disfrutando, todo sucumbió bajo el cuchillo del feroz invasor. Entonces pereció Castrotorafe, la que no tardaremos en volverla a ver renacer más rica y más poderosa. En esta guerra, en fin, perecieron varios pueblos para jamás volverse a levantar.

 

C A P I T U L O IV

Alfonso V fortifica a Castrotorafe.- Reinados de Bermudo III a Alfonso VI.- Alfonso VII repuebla a Castrotorafe y le da sus fueros.- Documentos.-

Poco tiempo sobrevivió el desgraciado Bermudo II al desastre y destrucción que causó el ejército musulmán en sus estados, entrando a sucederle en el trono su hijo Alfonso V, joven de corta edad. En los comienzos de sus reinados, conociendo los monarcas cristianos los inmensos daños que se acarreaban con sus divisiones, temiendo que el rey moro de Córdoba continuase invadiendo y saqueando sus estados, celebraron una alianza y juntando en uno los ejércitos de Castilla, León y Navarra, lograron tan completa victoria que las tropas de Almanzor en los campos de Calatañazor, se vieron obligadas a huir para salvarse, de este fiero caudillo, y lleno de rabia y despecho por la gran derrota que sufriera, falleció a los pocos días.

Libres ya nuestros monarcas de tan terrible enemigo, pudo el rey de León dedicarse tranquilamente a ir reparando los estragos causados en las anteriores luchas, empezando a reedificar las poblaciones arrasadas, y la ciudad de León recobró muy pronto su antiguo esplendor y hermosura, gracias al celo, diligencias y hasta a los desembolsos de Alfonso V. No quedó olvidada la villa de Castrotorafe de esta general restauración, y dada la ventajosa posición que ocupaba, no solamente se levantaron sus arruinadas viviendas, sino que se pensó seriamente en convertirla en plaza de armas para que sirviese de baluarte, que contuviera los ímpetus agarenos en ulteriores correrías. Al efecto se rodeó la población de altos y gruesos murallones, y se constituyó una fortaleza a las orillas del Esla.

Alfonso V falleció en el cerco de Viseo, sucediéndole en el trono su hijo Bermudo III en 1027, que falleció a los diez años, heredando la corona de León Fernando I que reinaba en Castilla, por lo que reunió en sus sienes las dos coronas.

Los leoneses recibieron desconfiados y recelosos a este monarca, pero sus grandes cualidades y bellas dotes, y la no interrumpida solicitud con que atendió al mejoramiento de sus estados, tardaron poco en captarle la voluntad y el cariño de sus nuevos vasallos. Continuando la obra generadora de sus dos antecesores siguió reedificando pueblos y proporcionándole moradores.

Al morir este monarca, movido del entrañable amor que a sus hijos profesara, tuvo la desgraciada ocurrencia de repartir entre ellos sus estados quebrantando así la fortaleza y poderío que acababa de adquirir el reino con la unión de dos coronas, dejando en cambio un semillero de discordias y de sangrientas colisiones. Apenas sepultado Fernando I su hijo mayor Sancho II, llamado el “Fuerte”, no pudiendo ver tranquilo dividida la monarquía entre sus hermanos, trató de adquirir por la espada lo que el padre no le diera en el testamento, declarando cruda guerra a sus hermanos siendo el desenlace de su ambición, hallar traidora muerte frente a los muros de Zamora y recaer las coronas de León y Castilla en la cabeza del hijo menor de Fernando I el Magno, que fue proclamado en Zamora con el nombre de Alfonso VI.

Afortunadamente este príncipe en sus empresas contra los sectarios del Alcorán tuvo la dicha de conquistar Toledo, estableciendo su corte en la antigua capital de los godos. Libre ya el reino de León de la presencia de sus enemigos, y sin temor de  que pudiera otra vez verse afligido con el azote de la guerra, pudieron ya Castrotorafe y demás pueblos de tan hermosa tierra y comarca disfrutar de las dulzuras de la paz, y pensar seriamente en su regeneración. Desgraciadamente falleció este gran monarca sin dejar sucesión masculina, y las ambiciones y rivalidades suscitadas entre los que se creían con derecho a la corona vinieron a turbar la paz, sosiego y tranquilidad que dichosamente disfrutaban sus estados.

Falleció poco después Doña Urraca, hija de Alfonso VI, evitándose con estos las funestas consecuencias de una guerra de sucesión, pues habiendo dejado esta infanta un hijo, fue reconocido su derecho a la corona, así es que reunidos en Zamora los nobles, los magnates y los ricos homes, le proclamaron rey de Castilla y León.

Largos días de gloria proporcionó a su Patria este monarca, el que distingue la historia con el nombre de Alfonso VII el Emperador. Dotado de grandes prendas y ayudado por su virtuosa esposa Doña Berenguela, deseando aumentar la prosperidad de sus estados, no solamente continuó sacando de las ruinas los pueblos arrasados por Almanzor que aún no habían sido reedificados, sino que también procuró aumentar el número de sus moradores, concediendo fueros y privilegios a aquellas poblaciones que juzgó más adecuadas a sus rectos fines.

Entre los pueblos que disfrutaron los beneficios de este gran rey, hállase la villa de Castrotorafe. Sea por su ventajosa posición para el comercio y aún para los azares de la guerra, sea por la actividad de sus moradores, por su laboriosidad o por todas las cosas a la vez, lo cierto es que Alfonso VII dio pruebas del singular cariño que profesaba a nuestra villa, aumentando el número de sus habitantes, que según se cree pasaron de curto mil, y concediéndole en 1129 sus fueros y privilegios, otorgándoles por ello jurisdicción sobre extenso territorio, que no solamente abarcaba los pueblos enclavados en los que hoy forman las provincias de Zamora y León, por ejemplo:- Valderas, Bretó, Escobar, etc., sino que se extendía por Galicia y Asturias, como la Vega de Leiche, Fonsagrada y otros. Exime también a Castrotorafe de varios tributos, concede al clero y a las viudas ciertas inmunidades, y por último ordena que las causas y pleitos sean juzgados y sentenciados conforme determina el fuero que el año anterior había otorgado a la ciudad de Zamora.

No ha faltado quien asevere, que lejos de corresponder agradecidos los habitantes de Castrotorafe al interés que Alfonso VII se tomara por esta villa, tramaron una conjuración contra dicho monarca, cuya vida corrió grande riesgo, y que irritado éste con tamaña ingratitud mandó destruir la población y sembrar el casco de sal. Nada en verdad hemos podido averiguar sobre tamaño aserto, que no parece verosímil; los mantenedores de esta conjuración y su desenlace, dicen que Alfonso VII y su esposa fundaron el monasterio, cerca de La Granja (la actual Granja de Moreruela), y que en una carta de donación de varios predios al referido monasterio hacen mención a la felonía tramada por los de Castrotorafe, y que en castigo le cedían al mismo los términos y heredades de esta villa.

Podrá ser cierta la conjuración, pero no lo es que la villa fuera arrasada, pues siguió viviendo y cada vez con más pujanza. Además aquí deben haberse confundido las cosas, porque en ninguna parte que sepamos consta que el monarca donase al referido monasterio la villa de Castrotorafe con sus términos y heredades, ni que los monjes hayan pretendido jamás sus posesiones. Lo que si consta por documento auténtico es que Alfonso VII para mostrar su cariño a D. Ponce de Cabrera, merino mayor de Zamora, y premiar sus grandes méritos, donó en 1153 a este importante personaje porción de terrenos en el término de Castrotorafe, y con su valor y el de otras donaciones, fundó el referido monasterio, según los autores, aunque según otros la fundación se debe al Emperador, y Ponce de Cabrera lo que hizo fue dotarlo y elegir en él su sepultura y la de su esposa.

En vista de tales contradicciones, y la oscuridad que engendran en el ánimo, creemos mejor dejar en la categoría de la duda la conjuración de Castrotorafe contra Alfonso VII, sin hacer comentarios de ningún género, aunque para concluir nos permitiremos preguntar:- ¿ Será por ventura una misma conjuración la que se dice tramada contra Alfonso VII y la que se supuso tramada contra Bermudo II y se habrán confundido las fechas, o habrá sido dividida por alguno en dos conjuraciones?.

Poco tiempo por desgracia estuvieron unidos formando un solo reino Castilla y León. El magnánimo y poderoso Emperador Alfonso VII llevado mas bien del especial cariño que profesaba a sus hijos D. Sancho y D. Fernando, que del bien público de sus estados, otorgó testamento dividiendo entre ambos el reino, así que al fallecer en 1156, D. Sancho se posesionó de Castilla, y D. Fernando se puso la corona de León y Galicia. Muerto D. Sancho a los dos años, dejó un hijo de tierna edad llamado D. Alfonso, y el reino fue víctima de las ambiciones y rivalidades de dos poderosas familias, “los Laras” y “los Castros”, que se disputaron la tutela del rey niño y con ella la gobernación del reino de Castilla.

 

D O C U M E N T O

Fueros dados a Castrotorafe por Alfonso VII en 1929.

“ In Dei nomine. Ego Imperator Alfonsus et ego Emperatriz Domina Berengaria in Domino Deo eterno saluten amen. Novis facimus Cartulan scripturan firmatitis paremedium animarum nostrarum a vovis concilium de Castrotoraf damus vovis términos per amances Villareio, per Leppedroso, per Menesterdo, per Mazarigos, per Magareles, per Lopeso, per Sandaces, per Lovorivio, per Oleros, per lo molino de Portelo, per Veiga de Leiche, per Pedro Siella como ferin Aradvi, et indea Oterdáguila, et entrar en la carrera de Toroet, inde per Valmaior, et inde a Santo Joannes de Moledes, et inde a Bretou, et inde per Cabornias, et inde per Escober, et inde a Font arcada, et inde a Bretolo, et inde a rio Aliste en Astola, et quanto Infantazgo, et quanto rengalengo per termino, et per heredade quantum habent en acuesta comarca bobis concilio de castrotoraf el forno del rio da cenias, et molinos, et de canales, et de voloneras e la quinta a Palacio e de Fonsado de Res el caballero que neglir peche diez y seis doblas algarabidate et martinera, et homeidium, et roubo, et deferidas, et de Echegas, et de Porradas, et de mesaduras varalias grandes o poqunnas juzgadas peitadas proforo de Zamora de Merino e de Rechor et porteros que los corrieren o que los firieren o que los mataren péctelo per foro de Zamora e casa de Clérigo e de Cabaliero e de vidua non tande propinquis quan de estraneis quisquis ille fuerit que un fuerum nostrum irrumpere volourit in primis accipeant iran Dei Patris Omnipotentis et sedeat maledictus et excomunicatus et anathematizatus, et a fitde Christe separatus, et cum Judas traditor Domini sit particeps in inferno inferiori Amen. Facta carta notum die quot erit quarto nonas Februari era millesima, centésima, sexagésima séptima sub manu ejus Vicario D.Alphonso, e la Infanta Domina Elvira en Volanus, et en Castro unde, et in Villarcio.- Rodrigo Fernández Senior de Valderas.- in Sede Sancti Salvatoris Episcopus Bernardus, et sub mano ejus Archi Diaconus.- Archi Presbiter Villelmus.- Ego Imperator Alphonsus, et ego Imperatriz Berengaria a vovis Concilio de castrotoraf qui hanc cartulam facimus et legentem audivimus manos nostras roboramus et hoc signun Sancte Crucis facimus qui viderunt et viderunt.- Martín Ordóñez, Presbiter confirmat.-“

 

C A P I T U L O V

 

Reinado de Fernando II.- Fundación de la Orden de Santiago.- El rey le dona la villa de Castrotorafe.- El Maestre D. Pedro le da sus fueros.- Documentos.-

Fernando II fue mucho más afortunado en León que su hermano D. Sancho lo fuera en Castilla, pues si bien al principio de su reinado lo miraban de reojo los leoneses, hasta el extremo de no quererle reconocer como rey, este monarca logró pronto captarse el cariño de sus vasallos, llegando a ser un rey de gran corazón y bravo, de costumbres muy suaves, liberal y manso, no impidiéndole la enemiga de los reyes de castilla y Portugal, el que se dedicase a procurar el bien de sus estados y a continuar reedificando los pueblos y las ciudades que aún se hallaban destruídas desde las revueltas pasadas.

Al igual que su padre el Emperador, demostró gran cariño a la villa de Castrotorafe, y a los muchos términos con que aquel le enriqueció, añadió otros más Fernando II, cosa que llevaron a mal los salmantinos llegando a levantarse en armas contra el monarca. Así lo vemos demostrado por las siguientes palabras de la Crónica General:- “Porque la Cibdad de Salamanca vencie a las otras cibdades del reyno de León de muchos moradores é muchos términos los cibdadanos e los moradores della asonaronse por aquello que el rey D. Fernando los encortaba sus términos según diximos é los probara y á Ledesma é á Castrotorafe que era otra villa apartada con sus términos é estos términos que les daba eran de los términos de Salamanca”. Estas donaciones que tan mal llevó Salamanca, le fueron hechas a Castrotorafe en el año 1167.

Pocos años después tuvo comienzo la Orden Militar de Santiago, que tantos días de gloria había de proporcionar a su Patria, y como la villa de Castrotorafe ha de ser, no tardando, una de las más preciadas joyas de esta ilustre milicia, no será impropio dar aquí una breve idea de la fundación de la esclarecida Orden.

Allá por los años de 1170 varios sujetos tan nobles y aguerridos como fervorosos cristianos, de quienes era como jefe Don Pedro Fernández de Fuente Encalada, deseando dar principio a una orden religiosa militar de caballería para pelear por su Dios y por su Patria, se congregaron en Cáceres y empezaron a la práctica de cierta vida religiosa, pero considerando luego no les sería posible vivir cual ellos querían, si no tenían sacerdotes que cuidasen de sus almas, y pareciéndoles que para la consecución de su intento, nada más adecuado había que los religiosos del convento de Loyo o Loño cerca de la ciudad de Santiago de Compostela, los cuales eran canónigos seglares de San Agustín, y cuya vida es muy semejante a la que ellos deseaban observar, no descansaron hasta lograr, como deseaban, ponerse bajo la dirección de estos buenos religiosos.

Dieron cuenta luego de su Instituto al cardenal Jacinto, legado del Sumo Pontífice en España, el que aprobó la Orden en cuanto pudo y conforme a las facultades que tenía. Mas esto no sería suficiente para que la nueva milicia tuviera vida canónica, siéndoles por tanto preciso acudir a Roma, teniendo el inefable gozo de que el Papa Alejandro III aprobase y confirmase la Institución en 1175. Esta fue la primera Orden Militar que se fundó en España, que lleva por divisa, en manto blanco, una cruz roja en forma de espada, o sea, de la misma figura y color que la tradición popular cuenta la llevaba el Apóstol Santiago en la batalla de Clavijo, y por esto sin duda, se llamó a la nueva milicia, y desde un principio, Orden Militar de Santiago de la Espada.

Milicia admirable que unió en estrecho lazo la pacífica mansedumbre del cordero con el fiero valor del león; milicia de la cual, mientras el freire se entregaba en el claustro a la vigorosa austeridad de la vida monacal, procurando con sus oraciones y mortificaciones obtener cual nuevo Moisés las bendiciones y los auxilios del Dios de los ejércitos, sus caballeros derramaban animosos su generosa sangre en los campos de batalla para derrotar el enemigo de la cruz, y liberar a España del yugo de los hijos de Mahoma, o sea, para hacer triunfar la fe de Cristo y con ese triunfo alcanzar la independencia y la grandeza de la Patria.

Grande importancia tenía por este tiempo la villa de Castrotorafe, su riqueza, su excelente posición y su envidiable fortaleza, fueron causas del tenaz empeño que desde luego mostró el Maestre fundador de la Orden de Santiago, para que se le donase a Fernando II; pero este monarca amaba mucho a Castrotorafe y se negó a las pretensiones. Entonces el Maestre Don Pedro Fernández, se dirigió al Cardenal Jacinto, respetado y hasta venerado por el rey, para que le pidiera cediese la plaza a la Silla de San Pedro, lo que pudo lograr, firmándose la donación en Zamora en el año 1172, cuya data, según el bulario de la Orden dice así:- “Factum fuit apudzamoran in Camera inqua Dominus Cardinalis iacebat in presentia predicte Domine Regine et Bobonis fratris Domine Cardinalis et Reimundi de Capella Sancte Romme Eclesie Subdiaconi et Maibrandi, etc”.

El Cardenal Jacinto apenas tuvo en nombre de la Iglesia Romana la posesión de la plaza de la villa de Castrotorafe, la traspasó y cedió al Maestro de Santiago; pero apenas llegó el hecho a noticias de Fernando II, sin embargo de ser protector de la Orden, fue tanto el enojo que tuvo, que no solamente anuló semejante cesión, sino que privó a la Orden de todas las donaciones que tanto él como sus vasallos le hubieren hecho.

Pronto pasaron las iras del rey, puesto que en el año 1176, o sea, al siguiente de ser aprobada la Orden por el Papa, expidió en Astorga carta de donación de la villa de Castrotorafe a la referida Orden. Léese en referido documento que el rey Don Fernando en unión de su hijo y sucesor D. Alfonso, da a Dios y al venerable Maestre de Santiago, Pedro Fernández, la villa de Castrotorafe con todos sus términos antiguos y modernos, pero que dicho Maestre y sus sucesores así como todos los caballeros que en lo sucesivo tuviere la Orden, la tengan, disfruten, donen o conmuten según fuera su voluntad, cosa propia y como si fuera obtenida por juro de heredad. Autorizan como de costumbre la donación los Obispos y los Magnates que acompañan la Corte. La copia de este documento obra en el archivo parroquial de San Cebrián de Castro, sacadas como otras copias del tumbo de San Marcos de León, se encabeza con estas palabras:- “Scriptura 2ª, omissa prima”, lo que se refiere indudablemente a la primera donación hecha por el Cardenal Jacinto.

A los cinco años de haber donado la villa de Castrotorafe Fernando II a la Orden de Santiago, la visitó personalmente, y dentro de su fortaleza firmó un privilegio, fecha 30 de Marzo de 1181, devolviendo a la misma Orden cuarenta villas y lugares de que la privó cuando lo de Castrotorafe, entre las que se encuentra Peñausende.

Apenas el Maestre D. Pedro Fernández obtuvo el diploma por el que se le concedía la plaza de Castrotorafe, fue personalmente a tomar posesión de la villa, y allí mismo firmó la carta o pacto que celebró con su concejo, ordenando la vida civil y gobierno de la villa y su término, así como la jurisdicción y el régimen eclesiástico. En este singular documento que en el Bulario de la Orden se llama Fuero concedido por el Maestre al concejo, o pacto celebrado con los habitantes de Castrotorafe, vasallos de la misma, dícese que, por mandato del rey se celebre el referido pacto.

Establécese en él que solamente pueden disfrutar la propiedad de su término los descendientes y herederos de los pobladores de la villa, y que solo éstos pueden reedificar casa en la misma o en su término para vivir en ella, porque si quisieran cambiar de vecindad, habrán de venderla solamente a los descendientes de dichos pobladores, y esto en su justo precio, siendo obligación de los alcaldes de las villas velar por su cumplimiento.

Al hablar de la jurisdicción eclesiástica dícese que todas sus iglesias sean regidas por clérigos naturales de la villa; que fueren hereditarios o propietarios en la misma, y si en alguna vacante no los hubiera, entonces con consejo y autorización del Obispo se propongan sujetos idóneos para que los nombre el Maestre. De aquí se deduce que las parroquias de Castrotorafe les hizo beneficios patrimoniales a favor de los naturales de la villa que fueren legítimos descendientes de los que repoblaron en tiempos del rey Alfonso VII y entendemos quiere decir el Maestre cuando exige que se nombren “clérigos que sint heredetarii in dicta villa”.

En este mismo sentido las entendió el Doctor López de Ayurleta en su vida del Maestre Don Pedro Fernández, poniendo a las palabras que se acaban de transcribir el siguiente comentario:- “Poblose año de mil ciento veintinueve, y así las iglesias tenían herederos conocidos hijos o nietos de los fundadores”. Después hace que los diezmos se dividan en tres proporciones iguales, disponiendo que una tercia sea para el Obispo, otra para los clérigos que rijan las iglesias y la otra para la Orden, a cuyo cargo correría proveerlas de los libros y ornamentos que necesiten.

La Orden Militar de Santiago de la Espada, lo mismo que las de Calatrava, Alcántara y Montesa que se fundaron posteriormente, adquirieron en breve tiempo importancia suma, pues aquellos varones que vivían sujetos a una regla canónica, así como en el claustro eran verdaderos religiosos entregados a la vida de mortificación y penitencia, así también cuando empuñaban la espada, cubriéndose con el majestuosos manto adornado con la cruz propia de su instituto, luchaban denodadamente contra la infiel morisma, conquistándoles multitud de plazas, contribuyendo en gran manera a reconstruir la nación española.

A nadie pues debe extrañar, que en aquellos siglos de guerras, sangre y hierro, los Caballeros de las Ordenes Militares, armados con la cruz y la espada, y colocados siempre a la cabeza del Ejército, para combatir al opresor de su amada Patria y defender su adorada religión libertándola de la opresión del fatalismo musulmán, llegasen a enriquecerse sobremanera.

Falleció Fernando II en el año 1188 y le sucedió en el trono su hijo D. Alfonso, joven de diecisiete años, el que fue proclamado por la nobleza de León, Galicia y Asturias como Rey en el nombre de Alfonso IX.

 

D O C U M E N T O S

Primera donación hecha por Fernando II en 1176 de la villa de Castrotorafe a la Orden de Santiago.

In nomine Domini nostri Jesuchristi Amen. Catholicorum Regum Offitium desse digoscitur Religiossas Personas di ligere ac venerari et eas largis dilactari muneribus ut dando terrena adipisci mercamur Eterna. Hujus siquedem intuiturationis Ego Dominus Fernandus Dei gratia Rex una cum filio meo Rege Domino Aldephonso do Deo et Vobis Petro Fernandi Militio Beti (Beati) Jacobi venerabili Magistro ómnibus que subcessoribus vestris necnon et ómnibus Militibus ejusdem ordinis tam presentibus quam futuris Deo servientibus illam Villam dictam Castrotoraf perterminos nobisimos et anticuos ut ab hac die et deinceps ipsam Villam habeatis cum ómnibus directuris et pertinentiis suis et possidetis donetis commutetis et totas Vestras Voluntates desupra dicta Villa Castrotoraf faciatis Jure hereditario in perpwetuim. Facta carta apud Astoricanmense Februario Era M. CC. XIIII Regnante Rege Dominno Fernando in Ligionense Extrematura Galletia et Asturiis. Ego Dominus Fernandus Dei gratia Rex hoc scriptum quod fieri jussi proprio robore confirmo.- Petri Dei gratia Compostelanae”.

Eclessiae Archiepis copus Confirm.- Joanes Legionensis Episcopus Conf.- Joannis Lucensis Episcopus Confirm.- Arnaldus Astoricen. Episcopus Conf.- Guillemus Zamoren. Episcus Conf.- Vitalis Salamn. Episcopus Cnf.- Petrus Civitate.n. Episcopus Conf.- Alphonsus Aurien. Episcopus Conf.- Rabinadus Mindum. Episcopus Conf.-Comes Urgenllensis Maiordomus Regis Conf.- Comes Gometius dominans in Trastamara Conf.- Fernandus Fontii Conf.- Gundissalvus Ossorii Conf.-Pontius Velaz Conf.- Fernandus Gutiérrez Conf.- Joannes Gallego Conf.- Ego Petrus Joannis Domini Regis Notarius Archi Diacono.- Domino Pelagio de Laura existente Cancelario feci scribere.

 

Fueros dados a Castrotorafe en 1178 por el Maestre fundador de la Orden de Santiago.

“In nomine Dei Amen.- Notum sit ómnibus presentibusqued Nos Magister Petrus Fernandi Militiae Sancti Jacobi Una cum Fratribus nostris et Concilium de Castrotoraf per mandatum et Concesionem Regis Domini Fernandi Facimus: pactum firmisium et perpetuo valiturum statuimussiquidem quet hereditas de castrotoraf et de suo termino non currat alliam partem vadat nisi ad predictam Villam et ad suum Terminum et hereditarios ipsius Villae ibi et in suo termino conmorantes et illi qui fuerint hereditarii in Castrotoraffacient Casam in sadem Villa vel in suo termino et ibi morentur et si alibi morare voluerint non levent hanc hereditaten secum nec vandat eam nisi populatoribus ipsius Villae vel de ejus termino et insuper venderé vel emere hereditatem non possint nisi quod fuerit mensura et si maiori pretio venderi voluerint quam combenit Magistri cum Alcaldibus hoc non consentiam. Omnes etian Eclesias de Castrotoraf vel de suo termino illi clerici qui hereditari sunt in dicta Villa vel in suo termino et ad hoc sint odinei per manum Magistri et concesionem sui Episcopi habeant eas invita sua nisi facerint pro quo eas amitant quarum Decimae sic dividantur una tertia videlicet Episcopo alia clericis alia vero detur predicto Ordini un de libros et congrua Eclesiarum faciant Ornamenta. In ipsas Eclesias quee Clericos non habuerint Comendator cum consilio et auctoritate Domini Episcopi mitat in eas Clericos”. 

 

C A P I T U L O VI

Reinado de Alfonso IX.- Concede los diezmos del portazgo de Castrotorafe a la Catedral de Zamora.- Concordia entre el Rey y la Orden de Santiago.- Reinado de Fernando III.- Concordia con sus hermanas sobre Castrotorafe.-

Alfonso IX mostró desde luego el gran interés que tenía por el esplendor y grandeza de la Orden Militar de Santiago de la Espada, así es que no contento con haber firmado en unión de su padre la carta de donación a la referida Orden de la Villa de Castrotorafe con todos los términos, en el mismo año que subió al trono firmó en Zamora otro privilegio confirmando todas y cada una de las donaciones que le había hecho su regio progenitor.

Con la paz y el sosiego que gozó el reino de León en la época que venimos historiando, y libres ya las gentes de los temores de nuevas algaradas por parte de los sarracenos, fue aumentándose la población, desarrollándose la agricultura, creciendo la industria y el comercio. Castrotorafe vióse tan protegida por la fortuna, que sus fértiles tierras, sus grandes dehesas y sus extensos montes eran alicientes más que sobrados para despertar el afán del lucro en el agricultor y en el ganadero; veíase prosperar nuestra villa, y dada la excelente posición que ocupaba, era un gran tráfico el que en ella se ejercía especialmente en el comercio de ganados y de lanas, criándose en sus feraces dehesas y montes multitud de cabezas y de las mejores clases conocidas tanto de la especie lanar como de la boyal.

Por eso no debe extrañar que sus portazgos rindiesen pingües rentas y éstas debían ser tan considerables que habiéndose incendiado en el año 1205 el hermoso claustro de la Catedral de Zamora, el rey Alfonso IX concedió al Obispo y cabildo de aquella ciudad el diezmo de los referidos portazgos para que pudiesen levantar el nuevo claustro. Y si esta cesión no fuera importante, por su producto, la concesión sería baladí e indigna de un religioso monarca.

El joven Don Alfonso contrajo matrimonio con la Infanta de Portugal Doña Teresa de cuyo enlace tuvieron dos hijas llamadas Doña Sancha y Doña Dulce; pero desgraciadamente resultó que los regios consortes eran parientes en grado próximo, y, como la rigidez de la disciplina canónica de entonces no consentía tales dispensas, por mucho que suplicaron a Roma todo fue inútil; el matrimonio se declaró nulo, y los que se creían casados, tuvieron que separarse con honda pena, afecto del gran cariño que se profesaban. Después contrajo matrimonio el Rey de León con Doña Berenguela, la hija de los Reyes de Castilla, y de este segundo matrimonio nació un hijo llamado D. Fernando, más también resultaron próximos parientes los cónyuges y anulado por tanto este segundo matrimonio.  

Muerto el rey de Castilla sin dejar sucesión masculina fue llamado a sucederle en la corona su nieto, el joven príncipe D. Fernando como hijo de Doña Berenguela.

Alfonso IX de León, ya fuese movido por el entrañable amor que profesaba a sus hijas las infantas del primer matrimonio o ya porque no le pareciera oportuno el que su hijo D. Fernando reuniera en su cabeza las dos coronas de Castilla y León o no sé por qué, lo cierto es que empezó con tiempo a preparar el terreno para que a su muerte le sucedieran en el trono sus dos hijas. Al efecto, conociendo la gran importancia que tenía en sus estados la Orden de Santiago, y las buenas fortalezas que poseía, la colmó de mercedes, celebrando con ella una concordia en 1223, por la que le concedía las villas y castillos de Villafáfila y Cáceres con sus respectivos términos, con la precisa condición de sostener la Orden el exclusivo derecho de Doña Sancha y Doña Dulce al trono de León. Después otorgó testamento y en él las nombró sucesoras suyas.

No sé en qué forma habían de reinar estas jóvenes princesas, si unidas o divididas, dividiéndose entre sí los estados; de cualquier manera que fuese, resultaba un gran mal y las consecuencias no podrían menos de ser desastrosas. Así que murió Alfonso IX empezaron a dibujarse en el horizonte político signos próximos de tormenta. Los magnates del reino vieron llegar la ocasión propicia de satisfacer sus ambiciones, dividiéronse pues, y dividieron los pueblos en dos partidos, sosteniendo unos el derecho de D. Fernando al trono de León, amparando otros la sucesión de las Infantas, y como acontece siempre en circunstancias iguales, si algunos luchaban en defensa del que creía un derecho, los demás trabajaban por lograr su personal medro. El Maestre de Santiago y sus caballeros, por cumplir la palabra empeñada al difunto monarca, y en defensa de las mercedes que en cambio de aquel les otorgaba, comenzaron a ordenar sus huestes, y la cuestión tomó tan fiero aspecto, que ya se presentía el fuego de la guerra civil con sus desastrosas consecuencias.

Las Infantas Doña Sancha y Doña Dulce vivían en Zamora, y no juzgándose la ciudad suficientemente segura para el resguardo de sus personas, el Maestre de Santiago las condujo a Castrotorafe, donde hallarían seguro asilo, porque además de ser una de las primeras y más fuertes plazas del reino, nada absolutamente tenían que temer de sus moradores, siendo como eran vasallos de la Orden.

Afortunadamente no llegaron a romperse las hostilidades, gracias a las relevantes y cristianas dotes que adornaban no solamente a los hermanos contendientes sino a sus augustas madres. Era verdad que si D. Fernando llegó por sus grandes virtudes a merecer la aureola de la santidad, y el que con gran regocijo de verdaderos españoles le rindamos culto en nuestros altares, tuvo por guía y maestra de su educación a su religiosa y prudentísima madre Doña Berenguela de Castilla; y si las Infantas Doña Sancha y Doña Dulce fueron modelo de bondad y de mansedumbre, mamaron tan hermosas prendas en los pechos de su madre Doña Teresa de Portugal cuya bondad y abnegación fueron proverbiales.

Cuando todo indicaba que el derecho de las partes iba a ventilarse en los campos de la batalla, porque las armas han parecido siempre la suprema razón de los reyes, las madres de los contendientes celebraron varias entrevistas a fin de evitar la guerra, logrando que todos vinieran a consentir en su felicísimo acuerdo, del que, si fue ventajoso en alto grado para la nación, nadie en cambio salió lesionado. Reunidos en Benavente se celebró en 12130 una concordia, renunciando las Infantas a los derechos que pudieran tener a la corona de León, en su hermano D. Fernando, y éste a su vez señaló a cada una de sus hermanas una pensión vitalicia de quince mil doblas anuales, que según el Padre Mariana equivalían a treinta mil ducados, con cuyas rentas podían vivir con el decoro propio a hijas y hermanas de reyes. También les concedió en feudo vitalicio la Villa y Castillo de Castrotorafe para que les sirviera de solaz y esparcimiento al mismo tiempo que de vivienda, cuya villa le pidieron las Infantas por ser un lugar ameno y apacible y haberles servido como refugio cuando temieron la guerra.

Como Castrotorafe no era realengo, sino perteneciente a la Orden religiosa-militar de Santiago, el rey escribió al Sumo Pontífice Gregorio IX dándole cuenta de todo lo pactado, y este soberano aprobó enseguida la concordia en todas sus partes. Don Fernando no estaba tranquilo aún, pues su noble corazón, no podía consentir que la Orden de Santiago se viese privada de los emolumentos que le producía la villa de Castrotorafe, que había dado a sus hermanas, y para indemnizarla, firmó en Salamanca a 15 de Enero de 1231 un privilegio que le concedía a la referida Orden, los diezmos de Toledo y las Salinas de Belinchón, por todo el tiempo que vivieran las Infantas y poseyesen Castrotorafe.

Con el acuerdo tomado en Benavente se estableció la paz, el reposo y la tranquilidad del reino, se fundieron en una las dos coronas de Castilla y León para jamás volverse a separar, dando con esta dichosa unión prosperidad y grandeza a aquellas afortunadas comarcas tan trabajadas por espacio de setenta años, por efectos de la división de los estados que hicieron Alfonso VII, con fratricidas luchas, que fueron mengua y baldón del nombre cristiano. Con esta feliz unión, en fin, se formó aquella poderosa monarquía de Castilla que en tiempos no muy lejanos llegara a asombrar al mundo con sus gloriosos hechos.

El Maestre de Santiago D. Pedro González trató de turbar la paz y alegría del concierto que celebraron D. Fernando y las Infantas sus hermanas, y ora fuera por ser fiel al juramento que en su día prestara, de ser mantenedor de estas señoras al trono de León, ora por sus particulares intereses, o por otras causas que ignoramos, lo cierto es que no se adhirió al concierto de Benavente y encastillado en su fortaleza de Castrotorafe negaba obediencia al rey, tratando de resistirle con las armas, pero viendo que nadie seguía su conducta, y por lo tanto que le era de todo punto imposible sostener su facciosa posición, abandonó la villa y huyó a Portugal.

Una vez posesionado D. Fernando de las dos coronas, dirigió todos sus planes a engrandecer la Patria, entrando en sus proyectos como punto principal, la defensa y protección de la fe y religión, hizo cuanto pudo para restañar las heridas que ocasionaron las pasadas luchas entre castellanos y leoneses, haciendo que se abrazaran como hermanos, que habían estado largo tiempo separados, y logró que su reino fuera de los más gloriosos y brillantes que por entonces hubo.

Con el reinado de San Fernando no vuelve a sonar para nada la villa de Castrotorafe, diremos únicamente para terminar este capítulo, que aún cuando hacía largo tiempo había terminado la lucha con los agarenos, en esta parte de nuestra nación, el santo rey, no creyó justo estarse quieto mientras hubiera un rincón de tierra española que dominasen los hijos de Mahoma, por lo que reunió sus huestes y los acometió en los baluartes en que se habían encastillado en las regiones meridionales, con tal pujanza y fortuna, que fue apoderándose de plazas y fortalezas, no descansando hasta que tuvo la incomparable gloria de clavar el estandarte de la cruz sobre los muros de Sevilla.

Digna es también de mencionarse la fundación por este monarca de la siempre célebre Universidad de Salamanca, así como también debemos hacer constar, que a él se debe la prescripción o mandato de que en lo sucesivo todos los documentos públicos se redacten en romance, o sea, en la lengua patria.  

 

 

C A P I T U L O   VII

Reinados de Alfonso X y Sancho IV.- Fernando VII.- El Infante Don Juan de Castrotorafe.- Reinado de Alfonso XI.- Concilio de Zamora.

A un rey santo sucedió un rey sabio. Habiendo fallecido Fernando III en Sevilla en el año 1252, recayó la corona en su hijo Alfonso X hombre dedicado al cultivo de las letras y al estudio de la astrología. Llegó a adquirir el renombre de Don Alfonso X el Sabio, y con él ha pasado a la historia. Deseando dotar a sus reinos de un cuerpo completo de leyes, publicó el inmortal Código llamado de las “Siete Partidas”, el cual rige aún en la mayor parte de las disposiciones. En este imperecedero monumento regula y marca claramente y de forma explícita el derecho de sucesión a la corona haciendo los llamamientos de varón a varón en la línea recta y, sólo cuando ésta falta en la transversal.

El hijo primogénito de Alfonso X, llamado D. Fernando, falleció antes que su padre dejando dos hijos varones que la Historia llama los Infantes de la Cerda, y éstos eran los presuntos herederos de la corona por la misma ley de las Partidas. Mas D. Alfonso, de carácter débil y atemorizado por la rebelde actitud de su segundo hijo, el ambicioso D. Sancho, le declaró heredero del trono, hollando la ley de sucesión que acababa de dar y arrebatando el derecho a la corona a sus nietos, con lo que acarreó serios disturbios a la nación y escandalosas luchas en lo sucesivo.

Don Sancho se había levantado en armas contra su anciano padre, ayudándole en su criminal empresa su hermano el Infante Don Juan, cuyo príncipe anduvo levantando gentes y cometiendo tropelías por esta tierra donde se asienta Castrotorafe.

Fallecido Alfonso X en el año 1284, entró en el goce de la apetecida corona Sancho IV, pero en vez de las delicias que sin duda esperaba gozar, viose obligado a devorar iguales amarguras que él había causado a su anciano padre. Los mismos personajes que le prestaron ayuda en su anterior rebelión, se alzaron ahora contra él, siendo el principal y terrible enemigo contra quien tuvo que habérselas, su citado hermano el Infante Don Juan, alma baja, que llevó a cabo actos indignos que la historia consigna para eterna aprobación. Hombre de aviesos instintos que si antes ayudó a su hermano a revelarse contra el padre para arrebatar a sus sobrinos los Infantes de la Cerda el legítimo derecho que tenían a ceñirse las coronas de Castilla y León, ahora se levanta contra su hermano Don Sancho y favorece y defiende los derechos y pretensiones de sus dichos sobrinos.

Don Sancho a quien la Historia apellida “el Bravo”, pudo contener los estragos del alzamiento, prendiendo a su hermano, que traía saqueada y esquilmada a toda la comarca de Castrotorafe, y haciendo otros sangrientos escarmientos en los demás conjurados. Una vez pacificado el reino, en virtud de las súplicas y ruegos de la virtuosa reina, fue puesto en libertad el Infante Don Juan, pero este mal hermano del rey, no conocía la virtud del agradecimiento, y siendo capaz de obrar noblemente se alzó en armas otra vez, cometiendo la villanía de asesinar frente a Tarifa al tierno vástago de Don Alfonso Pérez de Guzmán, para obligarle a que le entregara aquella plaza cuya guardia le estaba encomendada, cosa que no pudo alcanzar.

Al poco tiempo falleció Sancho IV en Toledo, quedando por heredero del trono a su hijo mayor, niño de nueve años, el que fue proclamado por los Próceres del reino con el nombre de Fernando IV y quedando bajo la tutela de su augusta madre Doña María de Molina. Asaz turbulenta fue la minoría de este rey. La soberbia y la ambición de varios nobles, no podían consentir que éstos mirasen con buenos ojos el que el reino fuera gobernado por una mujer, y deseando apoderarse de la tutela del regio niño, por cuyo medio esperaban acrecentar sus riquezas y aumentar sus poderíos, trataron de promover nuevas alteraciones. El Infante Don Juan olvidándose de los singulares favores que en sus anteriores desastres debió al noble corazón de la reina viuda, no tardó en lanzarse al campo, creyendo era llegada la hora de colocar sobre sus sienes las coronas de Castilla y León, cosa que anhelaba toda su vida y fue siempre el móvil de todas sus acciones.

Alma negra y envilecida, no escrupulizaba medio alguno, por digno que fuera, para ver si lograba sus intentos, así es que viniendo de Marruecos donde se encontraba y con las tropas que le diera el rey moro de Granada, entró en el reino de León con abigarrado ejército formado de moros y cristianos empezando a talar pueblos y campos. Llegó a su villa de Valencia de Don Juan, siendo azote y terror de toda la comarca, apoderándose de pueblos y castillos, entre los que se encuentran Castronuño y Castrotorafe. En esta última villa sentó su corte ilusoria y creyéndose ya rey de veras, acuñó multitud de moneda, inundando con ella toda la comarca con tal prontitud que cuando los pueblos quisieron conocer su falsedad, era ya tal el número que circulaba que, siendo punto menos que imposible discernirla de la buena, causó grandes alborotos, haciendo encarecer notablemente los artículos. De aquí nació sin duda la idea transmitida por la tradición popular hasta nuestros días, de que hubo un tiempo en que Castrotorafe tuvo el privilegio de acuñar moneda.

Duróle poco tiempo la ilusión al revoltoso Infante, porque si llegó a creer que una mujer era impotente para contrarrestar el empuje de tantas fuerzas como entraban en la rebelión, el valor y la discreción de Doña María de Molina le sacaron pronto de su error. Esta virtuosa señora era incansable, acudiendo a todas partes para destruir los planes de los conjurados, dándose maña tal que supo interesar a los pueblos y ciudades en la defensa de la causa y de los derechos de su tierno hijo. Viendo el Infante Don Juan la posibilidad de hacerse dueño del reino por medio de las armas, y no renunciando a sus propósitos, buscó nuevo recurso en la perfidia, aparentando someterse al monarca y haciendo entrega de todas las plazas de que habían llegado a apoderarse.

Fingiéndose después amigo del joven monarca, trató de explorar los ardores juveniles y la inexperiencia de su corta edad sugiriéndole mañosamente sospechas de su madre para que se separara de tan virtuosa cuanto suspicaz señora, y sin tan artera e infame conducta empezó a producir efecto, fue luego descubierta la intriga, por lo que el malvado Infante huyó precipitadamente de la corte, tratando luego de promover nuevos disturbios.

Terminadas estas algaradas del Infante Don Juan, Castrotorafe recobró su vida normal, teniendo la suerte de no volver a ver turbada su paz y reposo durante el reinado de Fernando IV, por lo tanto para terminar con él diremos que este monarca falleció casualmente en el día en que terminaba el memorable plazo que le marcaron los hermanos Carbajales en la célebre peña de Martos, para que compareciese ante el tribunal de Dios a dar cuenta de su justicia, y por este suceso le distingue la Historia con el nombre de Don Fernando el Emplazado.

A Fernando VII le sucedió en el trono su hijo Alfonso XI en el año 1312. No contando a la sazón el nuevo rey más que un año, las mal apagadas cenizas de las discordias habidas en la minoría de su padre, fueron inflamándose otra vez sopladas por tantos ambiciosos como pretendían la tutela real, llegando a tales extremos las tropelías que llegaron a cometer los levantiscos nobles, que obligaron a los concejos de León a reunirse formando una especie de hermandad, para oponerse como un fuerte dique a las invasiones de aquellos y atajar las correrías y depredaciones con que asolaban el país, que tan esquilmado dejaron en la pasada campaña.

En el año 1313 se celebró en Zamora un concilio provincial presidido por el señor Arzobispo de Santiago al que asistieron 15 Obispos; y en él se trató entre otras cosas, de poner coto a los desmanes u abusos que continuamente cometían los judíos en todas partes prevalidos de sus riquezas y de su prepotencia. Para conseguirlo se les privó de tener sinagogas y se les prohibió el ejercicio de la medicina. Damos cuenta de este concilio no solamente por la curiosidad y aún el interés que despertar puede saber tales determinaciones, sino también por creer que en esta época había judíos establecidos en Castrotorafe, como sabemos de manera indudable los hubo en el siglo siguiente al de que hablamos.

Alfonso XI fue bastante disoluto, escandalizando a la nación con sus desenfrenos, y dejando a su fallecimiento porción de hijos bastardos, que en el reinado siguiente fueron alma y vida de tantas revueltas como hubo, causa de tantos daños y perjuicios como sufrieron los pueblos, no saliendo ilesa de la contienda nuestra villa de Castrotorafe, y por último diremos que dieron el triste espectáculo de que un fratricida bastardo se hiciera dueño de la corona de San Fernando.

Por no haber tenido Castrotorafe participación alguna en los hechos históricos acaecidos en el reinado de Alfonso XI diremos para terminar, que este monarca falleció víctima de la peste en el año 1350 frente a los muros de Gibraltar, cuya plaza tenía sitiada.

 

C A P I T U L O   VIII

Don Pedro el Cruel.- Don Juan Alfonso de Alburquerque.- Revueltas en el reinado.- Don Mendo Rodríguez de Sanabria.- Campos de Montiel.- Documento.

Al rey Don Alfonso le sucedió su hijo Don Pedro I de este hombre joven de 18 años, de carácter duro e índole vengativa, así es que el principio de su reinado, fue señalado con crueles y sangrientas guerras, con engaños y traiciones, con destierros y muertes sin cuento como nos refiere el célebre historiador P. Mariana. Por estos sin duda los pueblos empezaron a llamarlo Don Pedro el Cruel y con este nombre ha pasado a la Historia, y aún cuando hoy en día muchos tratan de reemplazar aquel epíteto con el de “Justiciero”, que fue el que llegó a merecer su padre, será muy difícil logren borrar el que por espacio de cinco siglos ha venido dándoles sin género alguno de repugnancia ni de contradicción.

Tenía éste por gran privado suyo, un caballero portugués pariente de la reina, y que había sido ayo del monarca. Llamábase Don Juan Alfonso de Alburquerque y a fuerza de intrigas había llegado a obtener los primeros puestos del Estado. Hombre avaro trató desde un principio de dominar a su educando y dirigirle por mal camino, para saciar mejor su desmedida sed de riquezas, logrando que el monarca le donase muchas y muy importantes poblaciones; y no satisfecha aún su avaricia no dejaba de instarle para que le diese la rica villa de Castrotorafe.

Como éste pertenecía a la Orden de Santiago, el rey Don Pedro escribió desde Valladolid en 1351 a su hermano Don Fadrique que era el Maestre de la Orden, pidiéndole cediera dicha plaza con todo su término al de Alburquerque por los días de su vida. Mucho estimaba Don Fadrique a Castrotorafe, y por su gusto no la cediera, pero no se atrevió a poner el más leve reparo, temiendo las funestas consecuencias que le acarrearía su negativa, dado el carácter irascible y vengativo de su real hermano, por lo cual a los tres o cuatro días de hecha la petición, otorgó el correspondiente documento en el que decía:- “Tenía por bien que Don Juan Alphonso toviese de nos é de nuestra Orden para todos los días de su vida el nuestro Castiello de Castrotoraf”.

Los desatentados amores del rey con Doña María de Padilla, el abandono criminal de su inocente esposa Doña Blanca, y la mancha arrojada sobre el honor de Doña Leonor de Castro fingiendo para ello un casamiento, colmaron la medida del sufrimiento, levantándose en armas la mayor parte de la nobleza formando una liga en la que entraron los mismos hermanos del rey, y de la que era el más activo promovedor aquel Don Alfonso de Alburquerque, a quien pocos años antes había regalado Castrotorafe y otros pueblos, aunque este caballero poco pudo hacer, porque falleció al poco tiempo. El objetivo principal que se habían propuesto los de la liga era obligar al rey a despedir de su lado a la Padilla, y que volviese a unirse con la reina su esposa. Don Pedro salió a campaña para combatir a los rebeldes, fue apoderándose de todas las plazas que llegó a poseer el de Alburquerque y los conjurados entraron en Montamarta, a una legua de Castrotorafe, y la saquearon.

Nunca faltan a los reyes por malos y desgraciados que sean personas que le sean adictas; entre los pocos caballeros que permanecieron fieles a Don Pedro el Cruel, y de los que más señalados servicios le prestaron encuéntrase Don Mendo Rodríguez, señor de Sanabria, natural, según el P. Mariana, de Trastamara, aún cuando los escritores zamoranos lo hacen paisano suyo. Mas sea cual fuere su verdadera cuna, diremos que este caballero fue uno de los que más se distinguieron por su adhesión y constancia en el servicio de su monarca hasta la muerte, prestándole señalados servicios, algunos de ellos, nunca debidos, pues él fue el que trató la mentada boda con la infortunada Doña Leonor de Castro, y para premiarle el rey sus desvelos en servicio suyo, le donó la villa y plaza de Castrotorafe con sus términos, después de que despojó de ella al de Alburquerque.

Tales bríos y pujanza tal llegó a tomar la liga de la familia real y de la nobleza, que el monarca Don Pedro a pesar de su altivez y de su fiereza, vióse obligado a aceptar una entrevista con sus aliados. Se nombraron cincuenta caballeros de cada parte, siendo Mendo Rodríguez de Sanabria uno de los que acompañaban al rey y tuvo lugar la conferencia entre Toro y Morales, en el sitio llamado hoy despoblado de Tejadillo. Allí prometió Don Pedro muy formalmente unirse con su esposa la reina Doña Blanca, y vinieron a aumentar los males que a la nación aquejaban, ya que todo fueron palabras vanas, que al día siguiente se llevó el viento.

Don Pedro el Cruel que en medio de todo era muy astuto, viéndose en la imposibilidad de reducir por medio de las armas a los coaligados, que se habían encastillado en Toro, y que en el ataque que había dado a esta ciudad había perdido mucha gente, trató de ganarlos por medio de halagüeñas aunque falsas promesas. No solamente ofrecía generoso perdón a los que se le sometiesen prestándole el debido pleito homenaje, sino que empezó concediendo a algunos de ellos grandes mercedes. Logró con esta estratagema ir quitando gente a los de la liga, y que dentro de Toro hubiera quien traidoramente le abriera las puertas de la ciudad, por lo que terminó en poco tiempo aquella guerra.

No tardó este desventurado monarca en olvidar sus palabras de perdón, y dando rienda suelta a los instintos sanguinarios, fue privando de la vida a los que se habían acogido a la fe de la palabra real; sin más género de proceso que su voluntad; hasta llevó sus feroces intentos al extremo de querer acabar también con los que se le habían reconciliado al principio de la contienda. El horror a tanta sangre inicuamente vertida, y el natural temor a ser comprendidos en la terrible venganza, que el rey apellida justicia, obligó a muchos nobles y entre ellos a sus mismos hermanos, a huir precipitadamente poniéndose fuera de su alcance, y al poco tiempo volvió en encenderse de nuevo la hoguera de la guerra civil.

Don Enrique de Trastamara, hermano de Don Pedro, fue el rimero que se lanzó al campo, y poco a poco se le fueron uniendo multitud de caballeros, cada uno con sus huestes. Don Pedro de Castilla reunió las suyas para combatir al enemigo, y hallándose los dos ejércitos beligerantes acampados uno frente a otro en los campos de Montiel, Men Rodríguez de Sanabria tratando de prestar un nuevo y señalado servicio a su señor, fue la causa, aunque inocente, de su última desgracia.

Militaba en las filas de Don Enrique un noble aventurero francés, capitán de otros tales. El de Sanabria trató de ganar a este asalariado caudillo para que con sus gentes se pasara a las filas reales, visitándole al efecto varias noches, prodigándose multitud de halagos, y haciéndole grandes y seductoras promesas. “Duglesquín”, como se llamaba este aventurero, fingió no repugnarles semejantes proposiciones, y poniéndose de acuerdo con Don Enrique, llegó a decir a Don Mendo que solamente con su rey ultimaría tan importante asunto, si el señor no se rebajaba a venir a su misma tienda.

Don Pedro ganoso de destruir a su hermano por cualquier medio que fuera, accedió a la petición, por más que no faltaran leales servidores, que le advirtieron tuviera gran cuidado, no le armaran alguna emboscada; pero siendo de corazón intrépido y desconocedor del miedo, dirigiose acompañado de Men Rodríguez de Sanabria a la tienda de “Duglesquín” en una oscura noche, donde la tenue luz de una lámpara parecía prestar un sombrío impotente y siniestro a los objetos.

Al poco tiempo de penetrar el rey en la tienda, y apenas entablada conversación se presentó Don Enrique. Los dos rivales se miraron sin conocerse, pues a la opaca luz que reinaba en la estancia, se agregaba el largo espacio de tiempo que hacía que no se veían. Advertido Don Enrique por uno de los circunstantes, que el desconocido personaje que tenía enfrente era su capital enemigo, arrojose furioso contra su hermano trabándose los dos a brazo partido, pero más robusto y más brioso Don Pedro dio en tierra con su adversario, y con él hubiera concluido, si el caudillo francés no les hubiera dado la vuelta pronunciando aquellas famosas palabras:-“Ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor”. De esta lucha resultó que el infortunado rey de Castilla murió tinto de sangre, cosido a puñaladas por su hermano bastardo. Men Rodríguez de Sanabria fue hecho prisionero a las puertas de la tienda donde esto ocurría.

 

D O C U M E N T O

Carta de Don Pedro I, a su hermano Don Enrique, Maestre de Santiago, para que cediese la villa de Castrotorafe a D. Juan Alfonso de Alburquerque, en el 1351.

            Don Pedro rey de Castilla:- Por quanto yo envío rogar por mi carta á vos Don Fadrique Maestre de la Caballería de la Orden de Santiago é a los otros FReyles de la vuestra Orden que se aytaron convusco en el Cuesvo á Cabildo general en el mes de Mayo que agora pasó de la era desta carta que diésedes a Don Juan Alphonso de Alburquerque mio vasallo e mio Chanciller mayor el vuestro Castiello de Castrotoraf con su villa e con su termino que lo toviese de vos para en sus días a vos por cumplirl el mio ruego otrosí por ayudas que el dichoDon Joan Alphnoso fizo e fará a vos e a vuestra orden tovisteis por bien de dar el dicho castillo. E sobre este Don Bernardo Comendador de Oreja vuestro procurador pidióme merced que vos mandase asegurar é asegurase que despoes de sus días fincara á la Orden libre. Dada en Valladolid a 4 días de Julio de era 1889.

 

C A P I T U L O   IX

Reinado de Enrique II.- Se apodera de Castrotorafe Juan I.- Cede la encomienda de Castrotorafe a D. Alfonso de Tejada.- Don Enrique III.- Don Juan II.- Prisión del Conde de Urgel.- Enrique IV.- 

Don Enrique de Trastamara colocó en su cabeza la corona de castilla; aquella misma corona que él había hollado en sus campos de Montiel con el horroroso fratricidio cometido. Si bastardo fue su nacimiento, no fue más legítimo el medio de que se valió para sentarse en el trono de su padre. Natural era, por tanto, que la hidalguía castellana se resistiera a reconocerle por rey. Encendiose enseguida nueva guerra que cundió por toda la nación, viéndose figurar entre los levantados en armas a muchos de los nobles que hacían pelea contra Don Pedro el Cruel, pues no habían podido sufrir los desmanes de este monarca, mucho menos habían de soportar verse gobernados por un hijo del adulterio que se hizo rey por medio de un crimen.

Una de las poblaciones que más se aprestaron a la guerra fue Zamora y tampoco se quedó a la zaga Castrotorafe. Don Enrique no se dormía ni aperezaba para contrarrestar el esfuerzo de los conjurados, pero como la guerra ardía por todas sus partes, le fue preciso dividir sus huestes, y mientras él acudía a contener personalmente el movimiento por parte de la Braga, mandaba a su mujer Doña Juana y a Pedro Fernández de Velasco a combatir a los zamoranos.

Entre las instrucciones que les dio para hacer la campaña, se encuentran las siguientes referentes a Castrotorafe según vemos en el apéndice a la crónica de López de Ayala.

“Otrosí mandareis alguna compañía a Castrotoraf cerca de Zamora, porque si aún no oviere tomado vuestra voz que desde allí les fagan cada día todo el daño o menoscabo que pudieren en non les consienten coger los panes antes que los cojan ellos que nos con el favor de Dios entendemos facer la nuestra jornada allá á ansí es menester que quando nos allá seamos que fallemos a todas estas compañas en estos logares”. No era de extrañar el que Castrotorafe no obedeciese a Don Enrique puesto que Men Rodríguez de Sanabria y Don Alfonso de Tejada, Maestre de Santiago, eran los principales caudillos que se le oponían en esta tierra. Pero Castrotorafe cayó en poder de Don Enrique II y Don Alfonso de Tejada y Don Mendo se expatriaron huyendo de sus persecuiones.

Al mismo tiempo que Don Enrique trataba de reducir por armas a los que combatían, procuraban ganarse las voluntades de los pueblos con singulares mercedes y conquistar a los más ambiciosos de los nobles con sus larguezas y liberalidades llegando a tal extremo que se granjeó el dictado de Don Enrique el de las mercedes. Afortunadamente había dotado el cielo a este monarca de un carácter bondadoso, y una vez terminada la guerra, dedicose con solícito afán a lograr la felicidad y prosperidad de los pueblos. Reunió cortes en Toro en las que no solamente respondió a las peticiones de los procuradores, sino que arregló un cuerpo de leyes, que vinieron a satisfacer las necesidades que en materia jurídica se sentían en la nación. No es de extrañar, por tanto, que se afirmase en el trono y que los transmitiese pacíficamente a sus descendientes.

Enrique II falleció en Santo Domingo de la Calzada en Mayo de 1379, ciñéndose la corona su hijo Don Juan que fue el primero de este nombre. Aún cuando Don Enrique II había perseguido cruelmente a los que con gran lealtad y firmeza habían servido a Don Pedro el Cruel, y había despojado a muchos de sus bienes, honores y privilegios por lo que estaban expatriados, aconsejó en sus últimos momentos a su hijo y sucesor Don Juan que no perdonase medio alguno para traerles a su lado, y siguiendo los sanos consejos de su padre, trajo de Portugal a Don Alfonso López de Tejada, antiguo Maestre de Santiago, y le nombró alcaide de las fortalezas de Zamora y de Segovia y Comendador de Castrotorafe y Peñausende. Don Juan celebró Cortes en Burgos en las que se confirmaron todos los privilegios y franquicias que sus antecesores habían otorgado a las ciudades y villas del reino.

A este monarca sucedió su hijo Enrique III, llamado el “Doliente” por la poca salud que tenía. Al principio de su reinado fue víctima de la ambición de los grandes capitaneados por el Arzobispo de Toledo, pero después tuvo un arranque varonil de energía y los puso a raya, haciéndoles restituir cuantas plazas y territorios habían usurpado.

Enrique III murió en 1406 dejando su corona sobre la cuna de su tierno vástago Don Juan que apenas hacía un año que había nacido. Si al principio de su reinado pudieron temerse las revueltas que en las minorías de los reyes suelen acaecer, vióse luego la facilidad que tuvo la reina viuda Doña Catalina para regir como tutora del reino, ayudada de su cuñado el Infante llamado de Antequera.

Al principio de este reinado salió del Monasterio de Lupián el monje Fr. Hernando de Valencia con doce hermanos de religión y dirigiéndose a las riberas del Esla junto a Castrotorafe, a un terreno de la propiedad de aquel, construyeron unas celdas o ermitorios para dedicarse a la vida de penitencia. En el centro del río y sobre un peñasco elevado hallaron una ermita dedicada a San Miguel Arcángel y ésta servía para el culto, por cierto que admira la construcción de este santuario en el islote que forma el peñasco, porque si en verano es fácil llegar a él saltando de peña en peña, en el invierno, cubiertas éstas por el agua, es preciso hacerlo por medio de una barca. Aún existen las paredes de la ermita y su puerta ojival, y dentro la mesa del altar y la mutilada imagen del santo.

Siendo insalubre el terreno, se vieron los monjes en la precisión de abandonarlo fundando el convento de Montamarta, al que Fr. Hernando cedió sus posesiones que hoy son un monte con el nombre de “Dehesica”.

En 1412 publicó la reina Doña Catalina una pragmática prohibiendo a los judíos viviesen mezclados con los cristianos para evitar los frecuentes abusos que solían cometer, ordenando al efecto que en todos los pueblos en que hubiera judíos, se estableciesen en un barrio aparte el cual se cercara con un muro en el que sólo se permitía una puerta de entrada y salida, cuyo barrio se conoció con el nombre de judería como el que había en Castrotorafe.

En este mismo año falleció el rey de Aragón sin dejar sucesión y en virtud del acuerdo tomado en la junta de personas notables, entre las que descollaba San Vicente Ferrer, acuerdo conocido con el nombre de ”Compromiso de Caspe”, fue elegido por rey de los aragoneses el Infante Don Fernando de Antequera, marchando luego para sus nuevos estados, quedando la reina viuda de Castilla privada de su compañía y apoyo, aunque afortunadamente no tuvo que lamentar desmanes.

Todos recibieron gozosos en Aragón a su nuevo rey Fernando IV menos el Conde de Urgel Don Jaime, uno de los pretendientes a la corona. Malhumorado este príncipe con la resolución tomada en Caspe, quiso obtener por la fuerza lo que los aragoneses le habían negado con sus votos; por lo que entró con un ejército por los dominios de Aragón, saliéndole al encuentro el rey Don Fernando, quien puso sitio a Balaguer en cuya fortaleza se había encastillado el de Urgel. Tomada la población por las fuerzas reales, fue hecho prisionero el Conde y condenado a prisión perpetua, fue llevado de castillo en castillo, hasta que para evitar las tramas que urdir pudiera si quedaba en alguna fortaleza, fue transportado a Zamora, y desde aquí al castillo de Castrotorafe como más fuerte y seguro; pero al año siguiente fue llevado al de Játiva donde murió.

Juan II de carácter pusilánime, se echó en brazos de su favorito Don Alvaro de Luna, el que llegó a ser con sus atrevimientos causa de grandes alteraciones en el reino, alterando de tal modo los ánimos que no obstante el gran poder que ejercía y sin embargo de tener completamente subyugado al rey, viose obligado a bajar rodando los escalones del alto pedestal en que se había encumbrado, para subir los humillantes peldaños de un cadalso.

En 1454 descendió al sepulcro Juan II y ocupó el vacante trono de su hijo Enrique IV, llamado el “Impotente”, hombre tan afeminado que fue causa de grandes males y no pequeños disturbios. De vida en extremo licenciosa, llegó en su juventud a enervar completamente sus fuerzas, así es que cuando en vida de su padre se apartó de su esposa Doña Blanca, pretextando mil excusas, fue creencia general que a causa de sus vicios y de sus estragos, había adquirido el vicio de la impotencia, por lo cual el Señor Arzobispo de Toledo había declarado nulo el matrimonio.

En 1426 el gran pontífice español Calixto III expidió un breve concediendo a la Catedral de Zamora la mitad de los frutos del primer año en cada vacante de todos los beneficios simples curados, ya fueren seculares, ya pertenecientes a cualquier orden, aún militares, con tal que existen dentro del territorio del Obispado de zamorano, y habiendo vacado uno de los curatos de la jurisdicción de Castrotorafe, el cabildo de la Catedral trató de cobrar la mitad de la vacante, pero el Consejo se opuso basándose en los privilegios que le diera el fundador y en los que concedía ya el tercio de los diezmos al Obispo, originándose de aquí un largo y ruidoso pleito.

Don Enrique contrajo matrimonio con la Infanta Doña Juana, causando grande extrañeza en la corte, la que subió de punto cuando esta señora dio a luz una niña a la que puso el nombre de su madre. Afirmose entonces la sospecha que ya se tenía de la conducta nada honesta de la reina, teniéndose por cierto ser esta pobre niña fruto de la desenvoltura de Doña Juana con Don Beltrán de la Cueva, gran favorito del monarca, y que pagó las mercedes y privanza con que Don Enrique le distinguiera, mancillándole el lecho nupcial. La inocente hija de la reina fue por esta causa llamada la “Beltraneja”, y con este nombre ha pasado a la Historia.

Altamente ofendida la nobleza castellana con tanta inmoralidad, trató de obligar al rey a que pusiera remedio al baldón arrojado sobre el trono, y a que cortase de raíz el gravísimo escándalo que se estaba dando al pueblo. Las esperanzas que abrigar pudieran salieron fallidas, viniendo el rey a empeorar las cosas con sus veleidades, pues tan pronto aseguraba que la Infanta Doña Juana era fruto legítimo de su matrimonio, como confesando su impotencia decía ser hija de Don Beltrán.

No pudiendo ya la mejor y más sana parte de la grandeza sufrir afeminamiento del rey, ni mucho menos aguantar la pujanza de un favorito tan antipático como inmoral, se levantó en armas, y en la plaza de Avila erigió un tablado proclamando en él por rey de Castilla y León al joven Infante Don Alfonso, hermano del desventurado Enrique IV. Este joven príncipe en el que fundaban grandes esperanzas los pueblos, falleció en 1468, y enseguida, fuera por temor a la actitud de la nobleza o porque la conciencia así se lo dictara, Enrique IV declaró heredera del trono a su hermana la Infanta Doña Isabel.

Sin embargo, dando prueba de la debilidad de su carácter, a los dos años jura que Doña Juana la Beltraneja era hija suya, y por tanto su única y legítima heredera. Esta declaración concitó los ánimos ya apaciguados y trátase nuevamente de derrocar a Don Enrique, levantando banderas por su hermana Doña Isabel, mas la noble entereza de esta virtuosa dama, desbarató por completo los planes sediciosos de los conjurados, dejando así transcurrir en paz el poco tiempo que vivió el desgraciado monarca Enrique IV, el Impotente.

 

C A P I T U L O   X

Reyes Católicos.- Los judíos de Castrotorafe.- Guerra con Portugal.- Castrotorafe tomada y vuelta a dejar por los portugueses.- Elección del Maestre de Santiago.-

No habiendo dejado Enrique IV más sucesión que su dudosa hija la Beltraneja, apenas falleció este monarca, empezaron a notarse en el horizonte político señales evidentes de próxima tormenta, porque si bien la mayor parte de la nobleza castellana reunida en la plaza pública de Segovia alzó pendones proclamando reina a la simpática hermana del difunto monarca, conocida con el nombre de Isabel la Católica, casada ya con Fernando V de Aragón; el Arzobispo de Toledo, el Duque de Arévalo y el Marqués de Villena apartándose de la corte, elevaron el pavés a la hija, o al menos a la que sus particulares intereses, llamaban hija de Don Enrique el Impotente, Doña Juana la Beltraneja.

Por este tiempo vemos en España a los judíos con una organización perfecta y completa, pagando sus contribuciones o contingentes correspondientes; así es que el repartimiento hecho en 1474 por Rabí Jacob Abén-Núñez, juez mayor de los judíos, para los servicios y medios servicios de las Aljamas, les correspondió pagar a los que formaban la Aljama de Zamora con los judíos de Castrotorafe, seis mil quinientos maravedíes. El seños Amador de los Ríos, en su historia social, política y religiosa de los judíos explica perfectamente la organización de las Aljamas, y por ser curioso e importante vamos a poner aquí un extracto. “Con el nombre de Aljama constituía cada judería un verdadero concejo que lo formaban los ancianos, vivo recuerdo de la autoridad patriarcal; los adelantados y los cabezas de familia; siendo de su competencia todos los asuntos privativos del orden interior de los municipios y la repartición de impuestos; por último había cogedores, que eran los encargados de cobrar los dichos impuestos”.

Apenas iniciada la Guerra de Sucesión, se presentó en la palestra el rey de Portugal, Don Alfonso, en defensa, según decía, de los derechos que al trono tenía su sobrina la Beltraneja, y puesto a la cabeza de un numerosos ejército, atravesó el Duero y se metió por esta parte de Castilla, por lo que hubo necesidad de sostener una lucha que duró dos años, y casi toda ella, por desgracia, en el terreno que forma la provincia de Zamora. Viose desde un principio tomar partido por el portugués a varios zamoranos de cuenta, por lo que, apoderado de Zamora, confió la guarda de sus torres y fortalezas a hijos importantes de la ciudad.

Desde Zamora fueron tropas portuguesas a sitiar la importante plaza de Castrotorafe, y si bien después de rudo bregar se apoderaron de la villa, sus valientes defensores se replegaron a la fortaleza, donde resistieron denodados ataques de los invasores, hasta el extremo de creerse estos ya impotentes para redimirlos. Avisado el rey Don Alfonso que se hallaba en Zamora, partió inmediatamente para Castrotorafe con buen refuerzo de hombres y artillería, pues reputaba serle la posesión de aquel castillo muy necesaria para sus planes. Asesta pues sus baterías contra la fortaleza y rompe nutrido y vivo fuego, logrando abrir brecha en sus baluartes de la parte naciente, como hoy día puede conocerse al examinarlos, y cuando ya podía creerse dueño de tan codiciosa presa, se ve obligado a abandonarla.

Habiendo observado Juan Porras, zamorano al servicio del portugués, que Francisco Valdés, alcaide de las torres del puente de aquella ciudad, andaba en tratos con Doña Isabel la Católica para hacerle entrega de las mismas, mandó enseguida aviso a Castrotorafe, noticiándoselo a Don Alfonso, por lo que éste se vio obligado a levantar apresuradamente el cerco, en 13 de Noviembre de 1475, regresando a Zamora.

La estrella de la fortuna se eclipsaba a pasos agigantados para los portugueses que caminaban de derrota en derrota. Después de la Batalla de Toro dada en 1 de Mayo de 1476, en la que tan dura lección llevaron los extranjeros, fueron perdiendo todo cuanto en un principio habían conquistado, viéndose por último precisados a volver a su tierra, dejando a los Reyes Católicos en la quieta y pacífica posesión de su corona.

No solamente cuidaba la reina Isabel de los asuntos de la guerra, sino también atendía a todos los negocios de la gobernación del reino. Parece increíble las muchas y largas marchas que tuvo que hacer montada en su blanca acanea sin arredrarle nada, sin acobardarle las escabrosidades de los negocios, sin poner miedo en su gran corazón las dificultades de la guerra ni la altanería de los grandes.

Esta singular mujer, mandada a España por la divina providencia para elevar a nuestra nación a tal grado de altura que llegó a ser la más grande y la más poderosa del mundo, cumplió exactamente en providencial destino, empleando su actividad, su energía y sus virtudes, en llenar a España de glorias, dando al mundo un elocuente testimonio de que cuando un monarca comprende la importancia de su alta misión y tiene resolución firme de cumplirla, es la mano providencial que labra la felicidad de los pueblos.

Seguía aún la lucha entre España y Portugal, cuando ocurrió la muerte del Maestre de la Orden de Santiago; nuevo obstáculo se presentaba con esto a Doña Isabel, pues en aquellos tiempos había llegado la dignidad maestral de las órdenes militares a adquirir tal grado de esplendor y aún de poder, que siempre que ocurría alguna vacante de este género aspiraban a ocuparla los más encumbrados magnates, poniéndose en juego la intriga y en ocasiones las armas.

Conociendo la reina de los peligros que la elección del Maestre de Santiago podía acarrear para su corona, no asentada aún sólidamente sobre sus sienes, abandonó los campos de batalla dirigiéndose a Uclés con tal rapidez que logró llegar a tiempo de conjurar la tormenta que ya empezaba a rugir. Reunido el consejo de los trece caballeros, que era el señalado por los estatutos para hacer la elección, les habló con tal elocuencia de los males que en tan azarosas circunstancias traería a Castilla la ambición de los magnates que se disputaban la elección maestral y les pintó con tan hermosos colores el esplendor y grande honor que resultaría para la misma Orden si accedían a que el Romano Pontífice nombrara administrador de ella por cierto tiempo al rey Don Fernando, que el consejo de los trece subyugado por las elocuentes razones que la reina les expuso, suspendió la elección y se despacharon correos a Roma impetrando la gracia que la reina manifestó ser hasta necesaria.

Mientras la guerra tenía su brillante desenlace llegaron de Roma las bulas pontificias nombrando al rey Don Fernando de Aragón administrador de la Orden de Santiago de la Espada, y usando de las facultades que en las referidas bulas le conferían, tuvo el acertado acuerdo de nombrar Maestre de la misma a Don Alfonso de Cárdenas, que era uno de los magnates y acaso el de más pujanza, que habían aspirado a ser elegidos por el consejo de los trece.

Este Don Alfonso de Cárdenas dirigió una orden, carta o lo que fuere a la villa de Castrotorafe, como tal Maestre de Santiago, siendo de todo punto imposible saber su contenido, ni aún siquiera el objeto de la misma, ni el motivo por el que se escribió, porque si bien el ayuntamiento la conservaba en su archivo, ha desaparecido hace tiempo, como han desaparecido también otra porción de documentos interesantes. En los inventarios que hemos visto desde el siglo XVI al XVIII se incluye este documento como existente y en todos ellos se inserta con las siguientes palabras:-“Otra scriptura en pergamino que comienza: Don Alfonso de Cárdenas por la gracia de Dios Maestre de Santiago”.

Ya hemos visto las peripecias porque en anteriores reinados pasara la villa de Castrotorafe, cambiando de señor con frecuencia, según la voluntad o capricho de algunos reyes, que unas veces reconocían la propiedad que de ella tenía la Orden de Santiago, y otras no. Los Reyes Católicos la devolvieron a su verdadero dueño y desde entonces la Militar Orden a que pertenecía desde que se la donó Fernando II no volvió a ver interrumpida su posesión.

Afirmados los Reyes Católicos en el trono de Castilla, al que se unió poco después el reino de Aragón, por haber sucedido en él Don Fernando a su padre, unión feliz y dichosa, pues con ella y con la toma de Granada, último baluarte de la gente agarena, se realizó la verdadera unión nacional, dirigieron todos sus esfuerzos a consolidar el orden y la paz en sus estados, que tan necesitados se hallaban de tan preciados dones, pues las revueltas pasadas, la debilidad de algunos monarcas y la prodigalidad de otros, habían enriquecido y ensorberbecido de tal manera a los magnates del reino, que se creían iguales al rey, y algunos tenían más poder y disponían de más recursos que el mismo monarca.

El primer cuidado de los Reyes Católicos fue ir mermando los privilegios de los nobles, llegando a lograr con una exquisita prudencia, su gran tacto político y su enérgico carácter, dar el golpe de gracia al feudalismo, hacer nacer la vida municipal, y reconcentrar en la corona todo el poder y autoridad de que antes se veía privada en gran manera. Así prepararon el terreno para llenar a España de aquella gloria y de aquel esplendor, que en el siguiente siglo se hizo dueña y señora de la mayor parte del mundo conocido.

 

C A P I T U L O   XI

Incorporación de los Maestrazgos a la Corona.- Creación de Tribunales de las Ordenes.- Prioratos.- Vicarías.- Encomiendas.-

Para ver completamente satisfechos sus deseos los Reyes Católicos, únicamente les faltaba ya encauza las Ordenes Militares, aquellas famosas milicias que armadas en un principio con la cruz y con la espada, tan importante papel desempeñaron en la gloriosa epopeya de la Reconquista. Enriquecidos hasta el extremo, y cuando ya apenas tenían ocupación propia de su instituto, sus Maestros llanos de vanidad se convirtieron en verdaderos potentados, que tomando parte activa y aún principal en las revueltas y discordias que trabajaron a Castilla, llegaron a creerse iguales, y aún superiores a los mismos reyes, y más de una vez hicieron se bambolearan los mismos tronos.

Difícil parecía la empresa y solamente el ánimo varonil y la energía de carácter de los Reyes Católicos podía acometerla los que habiéndose propuesto concluir de una vez para siempre con la perniciosa pujanza de la nobleza feudal, justo era no cejasen en su empeño. Algo habían ya conseguido con el nombramiento de Don Fernando para la administración temporal de la Orden de Santiago; empero esto no era suficiente, no llenaba sus miras, o resolvía el problema político que habían planteado; necesitaban mucho más, érales indispensable sujetar las cuatro Ordenes Militares, para inutilizar el funesto influjo que ejercer pudieran contra los planes de la monarquía. Para conseguir sus fines mandaron embajadores a Roma que presentaron sus pretensiones al Sumo Pontífice.

El Papa Alejandro VI, oídos los enviados españoles, expidió sus bulas en 1483, por las que, bajo el nombre de “Administración Perpetua” , se incorporaron para siempre los Maestrazgos de las cuatro Ordenes Militares a la corona de España, asumiendo el rey Católico todas las facultades y autoridad que eran privativos de los Maestres. Desde esta agregación concluyeron para siempre las escandalosas luchas que hacía algún tiempo se venían presenciando en la elección de los Maestres, terminaron las ambiciones y tuvo fin un poder que había llegado a hacerse tan temible y peligroso.

Para atender al gobierno y administración de las cuatro Ordenes Militares, se crearon varios tribunales, siendo el principal “El Consejo Real de las Ordenes”, con dos secretarías, una exclusivamente para la de Santiago, lo que prueba la gran importancia que tenía, y otra para las tres Ordenes restantes. Este Consejo refrendaba las mercedes y hábitos que se concedían; proveía los prioratos, beneficios y oficios de las Ordenes, en él se examinaban las informaciones de hábitos, visitas de conventos, encomiendas, casas, fuertes, hospitales y colegios que las referidas Ordenes tenían; y por dicho Consejo se hacían respetar y observar las definiciones que se daban y acuerdos que se tomaban en los Capítulos Generales. Finalmente como alto tribunal de justicia conocía de todas las causas así civiles como criminales de todos los caballeros y freires, y recibía las quejas y las apelaciones de los pueblos sujetos a su jurisdicción, y para poder atender a tantos y tan diversos negocios, contaba con un personal numeroso dividido en varias secciones.

Para el gobierno Eclesiástico de la Orden de Santiago, que es la única de que nos interesa hablar, se dividió su extenso territorio en dos partidos llamados “Prioratos”, y se estableció uno de ellos en la casa matriz de San Marcos en la ciudad de León, y el otro en Uclés. Eran estos señores priores, sacerdotes profesos de la Orden, tenían que estar graduados, y se elegían por tres años; eran verdaderos prelados, jueces ordinarios en todo el territorio de su jurisdicción, y por lo tanto tenían amplias facultades como tiene un Reverendo Obispo en su obispado, exceptuando aquellas cosas que son propias y exclusivas del carácter episcopal. Tenían por lo tanto estos priores su tribunal eclesiástico, y cuando no hacían personalmente la visita de las parroquias sujetas a su autoridad, nombraban visitadores que la practicaban. Tampoco podían proveer los curatos, porque este ramo quedó reservado al Consejo Real de las Ordenes Militares.

Como el terreno perteneciente a las Ordenes Militares no formaba un coto redondo como sucede en la diócesis, sino que se halla diseminado por todo el ámbito de la antigua monarquía castellana, se crearon varios partidos foráneos con el nombre de “Vicarías”. Al eclesiástico que se investía con el cargo de Vicario, no solamente se le daba preeminencia sobre todo el clero de la vicaría, sino que eran un verdadero juez, con jurisdicción en el fuero externo, aunque con sus limitaciones. Una de las vicarías que se crearon fue para el territorio que comprendían las encomiendas de Castrotorafe y Peñausende.

A esta vicaría se le dio el nombre de “Villalba de la Lampreana”, sin que sepamos ni comprendamos por qué. Fue siempre Villalba uno de los pueblos pertenecientes al municipio de Castrotorafe, y lo más lógico y lo más natural parecía que se le hubiera dado el título de Vicaría de Castrotorafe, y ya que hubiera mediado alguna circunstancia que influyera en la mutación del nombre, creemos que éste correspondía a San Cebrián de castro, cuyos párrocos entraron no sólo a gozar de las rentas, sino también de los fueros, de las franquicias y de las distinciones que tuvieren los de Castrotorafe hasta su extinción.

Fuera cual fuere la causa, el hecho es que la vicaría se llamó desde luego de Villalba de la Lampreana, viniendo a resultar que en lo civil, judicial y administrativo era partido de Castrotorafe, y en lo eclesiástico, vicaría de Villalba. Verdad es que si el ayuntamiento y la alcaldía mayor tenían que residir precisamente en la capital, o sea en Castrotorafe, y cuando esta villa dejó de existir, en San Cebrián de castro, en cambio la vicaría, aún cuando llevase la denominación de Villalba, podía ser desempeñada por cualquier párroco del territorio, que teniendo los correspondientes títulos académicos, fuese nombrado para tal cargo sin que por ello tuviera que faltar a la residencia canónica del curato.

Así vemos que ha habido acaso, y sin acaso, más párrocos priores en San Cebrián de Castro ejerciendo el cargo de vicarios que no en Villalba de la Lampreana, como sería fácil demostrar copiando aquí la larga lista de vicarios que ha habido en San Cebrián, hasta el último día de existencia que tuvieron estas jurisdicciones privilegiadas. Además el notario eclesiástico de la vicaría, siempre residió primero en Castrotorafe y después en San Cebrián de Castro.

Cuando llegue el caso de tratar de la alcaldía mayor y del Regimiento de Castrotorafe, creemos sea la ocasión más oportuna de dar una idea de la administración y el gobierno de la Orden de Santiago; ahora para terminar este capítulo, diremos solo cuatro palabras sobre las Encomiendas aunque son mucho más antiguas, pues ya se ha visto en esta Historia cómo se concedió algunas veces a Castrotorafe.

Era la Encomienda una dignidad muy apetecida, con la que solían premiarse los servicios que los buenos caballeros prestaban en la guerra, dignidad que además les producía buenas rentas. Si grande era el honor, y no pequeños los beneficios y los privilegios de los que gozaban los caballeros comendadores, en cambio contraían deberes dependiendo en gran parte del modo como los cumplían, el bienestar de los pueblos que pertenecían a la Encomienda. Debían los Comendadores guardar y amparar estos pueblos, porque desde el momento que se posesionaban de su Encomienda, quedaban los pueblos bajo su tutela, y por ello entraban a gozar la renta que les correspondía.

Los Comendadores vivían en el pueblo de su encomienda en el que tenían su casa o palacio, y debían ser los padres de sus moradores. Habiéndose concluido la guerra de la Reconquista, al clavar los Reyes Católicos el estandarte de la cruz sobre los muros de Granada, último baluarte que los moros poseyeron en España, terminó el fin principal que se propusieron los fundadores de las Ordenes Militares, mas como estas Ordenes Militares religiosas si no tenían ya enemigos que combatir, poseían grandes riquezas, justo era que contribuyesen al sostenimiento de la Patria, y ayudasen al rey en las empresas que necesitase llevar a cabo para repeler sus enemigos.

Disfrutaban, como se ha dicho, los Comendadores de grandes privilegios, tenían el monarca por jefe, como Maestre que era ya de la Orden; no habían por lo tanto de permanecer ociosos, y mucho menos indiferentes, cuando llegara la hora de peligro. Además que sabido es que los derechos y deberes son correlativos, y no pueden concebirse los unos sin los otros, sin admitir una irritante desigualdad. Obligose pues, a los Caballeros Comendadores a que acudieran a la guerra cuando el rey los llamara, llevando cada uno el número de soldados de Caballería que les correspondía manteniéndolos por su cuenta.

La Orden Militar de Santiago de la Espada tenía ochenta y ocho Encomiendas, y los Comendadores que las tenían estaban obligados a servir al rey con trescientos sesenta y ocho lanzas, cada una de ellas con el número que le estaba asignado, según la población de su Encomienda y la importancia o valor de sus rentas.

Castrotorafe, desde luego, fue una de las Encomiendas que la Orden de Santiago tuvo en el antiguo reino de León; el Comendador servía con las lanzas que se le asignaron, y los vecinos de la villa y tierra únicamente militaban bajo sus banderas.

 

C A P I T U L O   XII

Don Antonio de Valencia, Comendador de Castrotorafe.- Reedifica la Villa.- Colisión y pleito con los vecinos de Pajares.- Fin del reinado de Isabel la Católica.-

En la obstinada lucha con que el rey de Portugal trató de arrebatar la corona de Castilla a Doña Isabel la Católica, desempeñó un gran papel un noble y aguerrido militar llamado Don Alonso de Valencia. Cierto es que no siempre obró con la lealtad y fidelidad debidas pues habiéndose pasado al bando portugués, fue uno de los mantenedores más tenaces de la guerra, sosteniéndose temerariamente en la fortaleza de Zamora, cuando ya la ciudad y Castrotorafe y toda la comarca se hallaban en poder de las tropas castellanas.

Derrotados completamente los portugueses cerca de Toro en la batalla del 1º de Marzo de 1476, conoció el Mariscal Don Alonso de Valencia, que le era ya imposible esperar auxilio alguno para sostenerse en el castillo de Zamora, y por lo tanto buscó el medio de congraciarse con los Reyes Católicos. No atreviéndose a presentarse personalmente, se echó en brazos del Cardenal de España Don Pedro González de Mendoza, gran valido de nuestros monarcas, y este eminente purpurado, previa la entrega de la fortaleza, le alcanzó el perdón que anhelaba. Los Reyes Católicos reconociendo las buenas prendas que adornaban a Don Alfonso no solamente le devolvieron los bienes que le habían confiscado, sino también le dieron el castillo de la Encomienda de Castrotorafe.

El cerco que los portugueses habían puesto a esta villa, la toma de la misma a viva fuerza, así como haber sido batido en brecha su castillo, causaron necesariamente grandes destrozos, siendo necesario por lo tanto pensar en su reparación. Don Alfonso de Valencia así que se instaló en Castrotorafe, empezó a reedificar sus muros y a reparar la fortaleza, haciéndola al mismo tiempo más amplia, añadiéndole la torre de la parte SO., y para que las obras se terminaran lo más pronto posible obligó a los pueblos sujetos a su jurisdicción, a concurrir al arrastre y conducción de todos los materiales.

Creyendo sin duda equivocadamente que Pajares de la Lampreana pertenecía al terreno de la Encomienda, por hallarse situado cerca de Castrotorafe y entre los pueblos de su jurisdicción, trató el Comendador de obligar a sus vecinos a que contribuyesen a las obras de reparación de la plaza. Los de Pajares que jamás habían pertenecido a la Orden de Santiago, se negaron rotundamente a tamañas exigencias, por lo irritado el Mariscal de Valencia, trató de obligarles por la fuerza. Al efecto mandó contra Pajares gente armada, y los vecinos del pueblo, que se hallaban en las eras ocupados en sus trabajos de recolección, se resistieron heroicamente en defensa de sus legítimos derechos, y armándose como mejor pudieron, y sin reparar en el peligro, arremeten de improviso a las gentes del Comendador, cayendo con tal ímpetu sobre ellas, que las pusieron en precipitada fuga, obligándolas a refugiarse dentro de los muros de Castrotorafe.

Pasado el suceso y calmado el ardor bélico, entre la reflexión, se examina lo ocurrido, y empiezan a calcularse las consecuencias que podían acarrear a la población, el atrevimiento de sus habitantes y las iras del Mariscal Comendador. Mientras los vecinos más pusilánimes trataron de huir y refugiarse en lugares donde no pudiera alcanzar la ira de Don Alfonso de Valencia, los más serenos y los más reflexivos, muéstranse decididos a no dejarse imponer una servidumbre injusta. Se reúnen en consejo al son de campana tañida, nombran sus representantes, y los envían a Valladolid, donde entablan su correspondiente recurso contra el Comendador de Castrotorafe, por la fuerza que trató de hacerles, al querer imponerles una carga de la que estaban completamente libres.

Seguida la demanda en todos sus trámites, por una Real Cédula expedida en Toro el día 7 de Septiembre de 1481, providenciaron los Reyes Católicos, que los vecinos de Pajares de la Lampreana, habiendo probado que su pueblo era lugar de Behetría de más a más, es decir, independiente y libre, cuyos vecinos podían escoger y elegir el señor que quisieren, y no haber justificado el tal Don Alfonso de Valencia que dicho pueblo fuera solariego en tiempo alguno, como malamente pretendía, no tenían obligación alguna de contribuir a la reedificación de Castrotorafe, ni de prestar género alguno de servidumbre a sus Comendadores. Esta Real Cédula hállase en el archivo municipal de Pajares, o al menos se encontraba pocos años hace, pues se sabe que el curioso pergamino en que estaba escrita fue confiado a un ilustrado escritor que se ocupaba de reunir datos para escribir la historia de Castrotorafe, y falleció antes de lograr su intento. Al que estas líneas escribe, no le ha sido posible examinarlo, pues a los vecinos de Pajares a quien ha preguntado por él no han sabido, o no han querido decirle si el citado documento ha vuelto a no a su destino.

La villa de Castrotorafe no vuelve desde esta época a figurar en las diversas guerras que hubo por esta parte de nuestra Península. El Mariscal Don Alfonso de Valencia al fortificarla artilló sus fuertes, pero sus cañones creo no llegaron a sembrar el terror y el espanto, haciendo estremecer los valles y montañas con su estampido. Gran fortuna sería pues para los habitantes de Castrotorafe el poder vivir pacíficos en medio de las calamidades y desgracias que siempre traen las guerras, y poderse dedicar tranquilos al cultivo de sus campos y a apacentar sus ganados.

Satisfacción no pequeña será también para el historiador no verse precisado a describir en adelante escenas de sangre y devastación, fruto obligado de las luchas armadas, que desgraciadamente llegarán a concluirse cuando el mundo termine, por más que ciertas imaginaciones sueñen con una fraternidad universal, por cierto no cimentada en los amorosos principios del Santo Evangelio. Pero si en lo sucesivo no vemos a Castrotorafe llorar las consecuencias de los desastres de la guerra, los contemplaremos siendo víctimas de los azotes del cielo.

Terminada la guerra de la Reconquista con la toma de Granada, después de siete siglos de un rudo y contínuo batallar, los Reyes Católicos dedicaron todos sus esfuerzos a engrandecer la Patria y a hacer que España fuera una nación fuerte y poderosa.

Principiaron por celebrar Cortes en Toro, donde se hicieron aquellas famosas leyes conocidas con el nombre de la ciudad, en las que no solamente se recopilaron las principales resoluciones dadas en anteriores reinados, sino que también se dieron sabias disposiciones en diferentes materias, como en materia de sucesiones, herencias legítimas y dotes, disposiciones que no obstante el furor y manía que se ha desarrollado en España en estos últimos tiempos por legislar, aún siguen en vigor. El comercio adquirió gran desarrollo, teniendo el de lanas importancia suma por el tráfico contínuo que se hacía con Portugal, por cuya causa Castrotorafe adquirió riquezas y bienestar.

La muerte de Doña Isabel acaecida en 1504, contuvo un tanto la marcha progresiva y regeneradora de nuestro reino. Habiendo tenido los católicos monarcas que ver morir a todos los hijos varones que Dios le diere, quedó por heredera del trono la Infanta Doña Juana, casada en el extranjero con el príncipe Felipe el Hermoso, y corrían en el reino voces de que aquella señora daba muestras de no estar completamente en sus facultades intelectuales; la reina Doña Isabel nombraba en su testamento, como era debido, por sucesora suya a esta infortunada princesa, y encomendaba la gobernación del reino a su esposo el rey Don Fernando y al Cardenal de Toledo Don Francisco Jiménez de Cisneros, cuyo gobierno fue muy accidentado.

 

C A P I T U L O   XIII

Alcaldía Mayor de Castrotorafe.- Organización Municipal.

En lo que nos resta escribir de Castrotorafe, no tendremos que hablar más que del movimiento que van teniendo los organismos nacidos en su mayor parte con el agregamiento de los Maestrazgos a la corona; las luchas establecidas entre sus diversas autoridades, unas por excederse en sus atribuciones, otras por el tesón con que defendían no solamente sus franquicias, sino sus costumbres, aún las más ridículas. Estudiaremos las transformaciones, la decadencia, la muerte de las Ordenes Militares, cuyas vicisitudes sigue necesariamente nuestra villa.

La Orden de Santiago vio, al incorporarse su Maestrazgo a la corona, dividido su territorio en doce partidos, a fin de atender más cómodamente a su gobierno y a la recta administración de justicia. Al frente de cinco de éstos se ponían caballeros profesos con el nombre de “Gobernadores”, y en cada uno de los siete restantes un magistrado letrado, que se apellidaba “Alcalde Mayor”. Uno de estos partidos o Alcaldía Mayor era la de Castilla la Vieja, cuya capital se estableció en Castrotorafe, y se componía de treinta y cuatro ayuntamientos que la Orden poseía en los antiguos reinos de Castilla, León y Galicia, y de aquí el que a nuestra villa se la intitulase Capital de los referidos reinos por la Orden Militar de Santiago de la Espada.

Hace dicho y se dice que los actuales jueces de primera instancia reemplazaron y sustituyeron a los antiguos Alcaldes Mayores; la frase es verdadera en cuanto se suprimieron estas alcaldías y en su lugar se crearon los juzgados, pero no rigurosamente exacta, por cuanto los jueces solamente tienen jurisdicción para conocer en primera instancia de los negocios civiles y criminales, mientras los Alcaldes Mayores eran también jueces de apelación y de visita, y además tenían atribuciones en lo gubernativo y administrativo.

Los Alcaldes Mayores de las Ordenes Militares eran nombrados por el rey como Maestre, a propuesta del consejo de las mismas, y eran los representantes de la Orden y los jefes en el distrito de su jurisdicción, asumiendo en su persona la autoridad en lo civil o gubernativo y en lo judicial. El Alcalde Mayor de Castrotorafe llevaba además el título y atribuciones del capitán a guerra y alcaide de su fortaleza.

En un principio conocían en primera instancia en todos los negocios civiles y criminales, y como la legislación no estaba aún formada, especialmente en cuestión de procedimientos, obraban estos magistrados conforme a su mayor o menor celo e ilustración. El conocer los Alcalde Mayores en primera instancia, era solamente por lo que respecta a Castrotorafe y su tierra, pues en los demás pueblos que formaban el partido, hallándose como estaban tan diseminados, era esto de todo punto imposible, y en estos el conocimiento referido pertenecía a los jueces ordinarios o alcaldes.

Como juez de residencia, estaba obligado dicho Alcalde Mayor, a girar una visita por todos los pueblos sujetos a su jurisdicción, anualmente, a fin de tomar cuentas a los jueces ordinarios y demás justicias, examinando el modo de conducirse en el desempeño de sus cargos; castigando las faltas que cometían, evitando que las justicias locales en vez de perseguir a los delincuentes, echasen capa a los delitos como desgraciadamente ha sucedido y acontece con harta frecuencia en los pueblos de reducido vecindario, y por último protegiendo a los oprimidos y vejados quienes podían presentar sus quejas y reclamaciones ante este Magistrado, contra los abusos de que fueron víctimas.

Estas visitas y juicios de residencia, duraban para el Alcalde Mayor de Castrotorafe, de tres a cuatro meses cada año, teniendo él y sus oficiales correspondientes dietas que abonaban los respectivos municipios; dietas que en nuestro siglo importaban, según datos que hemos adquirido, veinte pesetas diarias para el Alcalde Mayor, quince para el Escribano de la Gobernación y siete y media para el Algua