VISITAS GUIADAS GRATIS POR ZAMORA Y PROVINCIA PARA ESTE AÑO 2018

 

Antonio José Gómez Esteban

 

Oficina Provincial de Turismo de Zamora

 

Plaza de Viriato, s/n - 49071 Zamora

 

www.turismoenzamora.es

 

informacionturistica@zamoradipu.es

 

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Unión de los ríos Mena y Aliste.

Rutas a pie por tierras de Zamora

Entre los ríos de Gallegos del Río

Un trayecto apacible y sereno junto a los caudales que convergen en esta localidad

Distancia desde Zamora: 50 km

Longitud total del trayecto: 6 km

Tiempo aproximado: 2 horas

Dificultad: Media (cuestas empinadas, tramos irregulares)

Detalles de interés: paisajes ribereños, panorámicas pintorescas, núcleo urbano atractivo, arquitectura tradicional, monumento religioso.

Bien seguro es que se quedaron cortos quienes pusieron el apellido a la localidad de Gallegos del Río. Señalamos esa aseveración porque en su término convergen tres cursos fluviales, en vez de uno solo como parece intuirse, los cuales, además, son todos ellos bien pintorescos y atractivos. Con tanta riqueza acuática no extraña que el pueblo ocupe uno de los enclaves más frondosos de todo Aliste. Se halla al lado del cauce principal que da nombre a la comarca, el cual cruza por el mediodía, a escasa distancia de las últimas casas. A él vienen a desembocar los ríos Frío y el Mena. El primero, también llamado Becerril, llega por la margen izquierda, aportando caudales de las vertientes de la sierra de la Culebra, acumulados desde las cercanías de Sarracín. Por contra el Mena procede del otro lado. Nace en el término de Tola y drena amplios espacios del actual municipio de Rabanales para concluir uniéndose al Aliste por la derecha. Tomando como guía esos cauces vamos a hacer un trayecto apacible y sereno, procurando separarnos lo menos posible de sus riberas.

Iniciamos la caminata buscando entre las sinuosas calles de Gallegos el arranque de la carretera que comunica con la vecina población de Flores. Accedemos así a un amplio espacio situado a las orillas del río Frío, un lugar sumamente grato, ameno y recogido, provisto además de diversos bancos. Un sólido puente de hormigón nos permite cruzar a la otra margen. Excepto en ingratos momentos de acusado estiaje, las corrientes, límpidas y brillantes generan un murmullo, un suave borboteo, que actúa como alivio infalible frente a desasosiegos y ansiedades. Consentimos un corto desvío de la ruta marcada por el pago de la Rabudera. Hemos de caminar en paralelo al cauce durante algunas decenas de metros, aprovechando una bucólica senda. Sentiremos una profunda belleza al contemplar el reverbero de rápidos y remolinos matizado por las frondas de los numerosos alisos que por allí prosperan. Un poco más allá se forma un quieto remanso para, de improviso, saltar después las aguas desde una rústica presa. Esta barrera, firme y recia, creóse con lajas de pizarra hábilmente colocadas como cuñas. Sirve para alimentar las acequias que permiten regar los prados inmediatos. Las diminutas huertas contiguas, algunas sombreadas con frutales, destacan por su fertilidad. Pena es que en nuestros días muchas de ellas se hallen abandonadas, invadidas por la maleza.

Tras deambular un largo rato por allí, al quedar cortado el paso por un brazo acuático, debemos de regresar de nuevo al puente. En una finca inmediata llama la atención su pared frontal. Sobre ella su dueño ha tenido la pericia y gusto de crear una especie de peculiar mosaico. Está formado con cantos rodados de diversos colores, a los que se agregaron también otros materiales pétreos. Consiguió así una singular composición, entre floral y geométrica, en la que se distinguen también ciertas representaciones de animales. Al otro lado de la calzada, junto a un modesto edificio en ruinas que quizás fuera la fragua, se halla el antaño imprescindible potro para herrar animales. Este de aquí está creado con hierro y, por el óxido que tiñe su superficie, poca utilidad presta en nuestros días.

Surge enseguida una bifurcación. Hacia la derecha parte la carretera en dirección a Flores y por la otra mano arranca una buena pista cementada que era la ruta antigua para llegar a ese mismo pueblo. Es esta vía la que vamos a utilizar. A su orilla se emplaza una solitaria vivienda moderna, la última de todas las de esta parte. Avanzamos al lado de las paredes de diversas fincas, para abrirnos después a terrenos libres, limítrofes con el río Aliste. Allí mismo se apartan las roderas que enlazan con Lober, por las cuales seguiremos en un corto trecho. Para salvar el lecho fluvial, si viajamos con vehículos es preciso aprovechar un precario vado. Al servicio de los peatones existe un angosto puente tradicional, formado por pilas de mampostería sobre las que carga ahora una plataforma de hormigón. Antaño esa pasarela debió de ser de pizarrones o tramada con maderos, generándose así media docena de vanos rectangulares. Subidos desde ella, si es época de abundante escorrentía, veremos bajar las corrientes raudas y poderosas, formando un cauce ancho, custodiado por densas hileras de alisos. Hacia abajo, a pocos pasos, el río se divide en dos brazos similares, originándose entre ellos una generosa isla arbolada.

Pasamos ahora a una irregular pradera, con su lecho accidentado por hondones que en época de crecidas actúan como desagües secundarios. Un poco más allá topamos con el río Mena, el cual se une al Aliste mansamente, dentro de un espacio anfibio sumamente atractivo. Si ascendiéramos por sus orillas llegaríamos hasta las ruinas de un molino, el único visible de los varios que existieron. Para salvar este lecho del Mena contamos con otro oportuno puente, más corto y modesto que el anterior.

Decididos a seguir el curso del Aliste, desde aquí se nos presentan dos rutas alternativas, ambas con suficientes atractivos como para complicar la elección. La una está trazada por las mismas orillas fluviales, constreñida entre las propias corrientes y la agreste ladera que emerge por el mediodía. A través de ella gozaremos de la compañía inmediata del lecho fluvial, inmersos entre los umbríos sotos que lo escoltan. Pero existe el inconveniente de que es difícil de seguir si los flujos son abundantes, ya que estos anegan ciertos tramos cortando el paso. Entonces el sortear las partes inundadas obliga a apartarnos a través de la ladera rocosa contigua, tarea complicada debido al desnivel y a la maleza lacerante que prospera en ella. La segunda ruta es franca en todo momento. Está trazada por encima del cerro inmediato, al que es posible subir por las orillas de un palomar allí existente. Como premio a las fatigas del ascenso, desde arriba las vistas panorámicas resultan muy hermosas.

Sea cual sea el tramo elegido, por ambos derroteros vamos a dar a los espacios contiguos con el puente mayor local, el de la carretera que comunica con Domez. Mas, a pesar de llegar a tal enclave y poder volver directamente al pueblo, nuestro contacto con esa vía principal se va a limitar solamente a atravesarla. Continuaremos por una buena pista que arranca de frente y remonta cuesta arriba hasta la cumbre del macizo teso inmediato. El desnivel es fuerte, lo que obliga a parar de vez en cuando, en un intento de atemperar el resuello. Ello permite una observación más detallada de los filones de pizarras que quedaron al aire al realizar la explanación. Admiran sus superficies lustrosas y la multitud de láminas que se aprecian.

Coronamos así el llamado alto el Caño, monte que lleva ese apelativo porque en su base brota la fuente que surtió tradicionalmente a los vecinos. Ese venero sigue en nuestros días prestando la misma función, al ser recogido para el abastecimiento doméstico de todos los hogares. Desde allá arriba las vistas panorámicas son realmente grandiosas. A lo lejos, como barrera poderosa, se yergue el tramo central de la sierra de la Culebra, dejando asomar por detrás ciertas cumbres sanabresas, bien visibles si están tapizadas por la nieve. Cobijados en amables rincones, quedan a la vista los pueblos de Puercas, Riofrío, Sarracín y Flores, además del propio Gallegos. Este aparece recostado en suave declive, con el frontón y el cementerio situados en lo más alto. Hacia oriente, tras el fin de las casas, las diversas parcelas limitan sus espacios con rústicas paredes, generándose una pintoresca sucesión de cuadrículas desiguales. En esa dirección el río Aliste se aleja por los fondos de una vaguada en leve curva, bien protegida por cuestas empinadas.

El camino inicia ahora el descenso hasta empalmar allá abajo con otro que viene directo desde el pueblo. Lo aprovechamos ahora en el regreso. Para ello atravesamos el río por un par de puentes allí existentes, los puentes del Pisón, probablemente llamados así porque antaño pudo existir en sus proximidades una factoría para abatanear el paño tejido en los telares locales. De esos pasos, el uno es adintelado, tendido sobre el cauce principal y el otro de tubos, para salvar un brazo poco activo. Sumamente placentero resulta ese lugar y mucho más si por la margen izquierda bajamos algunos centenares de metros hasta las orillas de un largo remanso allí existente. En él las corrientes se sosiegan y a la vez preséntanse oscuras y misteriosas.

Decididos a recorrer el último trecho del itinerario, desde aquí se nos presentan dos pistas cementadas. Optamos por la más baja, llamada de la Ribera, la cual pasa por entre medio de las fincas. Las sucesivas cercas pétreas que limitan esas propiedades, algunas formadas por grandes lajas erguidas en vertical, originan estampas de notable hermosura. En uno de esos huertos aún perdura una alta plataforma alrededor del pozo, sobre la que estuvo instalada una noria ahora perdida.

Como colofón queda conocer el propio casco urbano, denso y compacto. A pesar de abundantes casas nuevas, perduran numerosos edificios tradicionales, creados con una mampostería de lajas pizarrosas muy oscuras que contrasta con sillares de granito utilizados en esquinazos y dinteles. Descuellan sobre todo las portalad as, algunas de las cuales se enriquecen con dibujos como recuadros y rosetas, además de fechas e iniciales.

La iglesia, dotada de modesto campanario y de un generoso pórtico ante la entrada, posee dos amplias naves, de las cuales la principal debió de construirse alrededor del año 1500. Las bolas que animan las impostas de sus pilares así parecen indicarlo. Destaca allí el retablo principal, barroco, engalanado con denso ornato. Además de la imagen central de san Pedro, el titular, incluye tres pinturas anteriores, renacentistas, muy hermosas, de viva policromía un tanto apagada por la pátina de los siglos. Notable es también la imagen del Santo Cristo, del que dicen que es gemelo del de las Injurias de la Catedral zamorana. Bien es verdad que se parecen, lo que incita a pensar que el escultor que cinceló este de Gallegos pudo tomar como modelo a aquel otro. El altar en el que está colocado tiene como fondo una ingenua pintura que representa a Jerusalén, a la Virgen y a san Juan. 

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Juanito

La atalaya de La Culebra

Peña Mira, el punto más alto de la Reserva Regional de Caza, constituye uno de los más singulares enclaves de Zamora desde el que se divisan espectaculares vistas

 

En el oeste de la Sierra de la Culebra, muy cerca de la frontera portuguesa, sobre la serranía, se eleva un farallón de rocas, visible desde varios kilómetros a la redonda. Es la atalaya de la Reserva. Una elevación de 1.241 metros desde la que se divisa una impresionante panorámica. Al norte, la cadena montañosa de Sanabria y los valles de La Carballeda, al este la planicie terracampina, el sinuoso Aliste al sur y al oeste la comarca fronteriza de Tras os Montes.

Un día claro y unos prismáticos (muy recomendables) conceden toda una clase de geografía a quien corona este punto y se detiene en una detallada observación en 360 grados a la redonda. Braganza o Puebla se ponen a la vista del espectador, como la portuguesa Sierra de Montezinho, La Cabrera o el Teleno, en León.

Tan excepcional paraje es Peña Mira, vigía de Reserva Regional de Caza de la Culebra, soberbio enclave para disfrutar de la naturaleza, de la flora y la fauna, donde hacen límite los términos de Figueruela de Arriba (en Aliste) y Manzanal de Arriba (La Carballeda).

Su emplazamiento, en el corazón del Espacio Protegido, permite disfrutar de un paisaje tapizado por pinares y brezo, entre los que se cruzan grandes cortafuegos. Reino del corzo, el jabalí, el ciervo o el más esquivo lobo, con suerte el visitante se puede tropezar con alguna sorpresa. Más seguras son las huellas, todo un ejercicio de introspección y curiosidad para los amigos de la fauna. Y habitual el vuelo de rapaces, con tanta querencia a los riscos y roquedos.

En la cúspide de Peña Mira se encuentra un reloj solar, realizado por un hijo de Aliste, Jacinto del Buey Pérez, natural de Figueruela de Arriba y experto en estas rudimentarias máquinas del tiempo, y autor de diversos ensayos y artículos sobre divulgación.

A lo largo del año son muchos los montañeros y caminantes que trepan hasta el cerro de Peña Mira, donde llegan a converger límites de hasta ocho pueblos de los ayuntamientos de Figueruela de Arriba y Manzanal de Arriba.

La primavera y el otoño son estaciones especialmente recomendables para gozar del espectáculo de la naturaleza, aunque hay que tener en cuenta los periodos hábiles de caza, pues no hay que olvidar que nos encontramos en la Reserva Regional de La Culebra.

Las posibilidades de coronar atalaya son varias, dependiendo de la vertiente que se tome, pero lo más habitual es salir de Flechas, un pintoresco pueblo de la comarca alistana regado por las aguas del río Cabrón y singular ejemplo de la arquitectura local. Casas de piedra con tejados de pizarra en un pueblo que mantiene la vida del día a día gracias a un puñado de vecinos. Otra cosa son los fines de semana y vacaciones, cuando acuden a su refugio otros habitantes que han hecho de Flechas su pequeño paraíso.

En el buen tiempo es habitual encontrar excursionistas que se desplazan hasta este recóndito punto para coronar Peña Mira. Una ascensión suave, sin excesiva dificultad que merece la pena.

Es una de las múltiples posibilidades que ofrece la provincia de Zamora a los amantes de la naturaleza.

Un reloj solar en la cima

Autor
En la cúspide de Peñá Mira llama la atención un reloj de sol horizontal de mármol blanco realizado por Jacinto del Buey Pérez, natural de Figueruela de Arriba, Coronel de Ingenieros, licenciado en Ciencias Químicas y ex vicepresidente de la Asociación de Amigos de los Relojes de Sol. La manufactura, del año 1986, es obra de Eduardo Cermeño.
Leyenda
Estampado sobre el mármol figura la inscripción: «Vulnerat omnes ultima necat» (frase latina típica de los relojes solares que hace alusión al tiempo y a las horas, y significa «Todas hieren, la última mata».

En el reloj solar aparece también una cruz rotulada con los cuatro puntos cardinales (N, S, E ,O).

 

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