YA HACE MAS DE 50 AÑOS EN RIBADELAGO 1959
EN AQUELLA NOCHE CUANDO LA PRESA REVENTÓ EL PANICO LLEGO A LOS AVITANTES DE RIBADELAGO DONDE MIRIERON 144 PERSONAS
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LOS DOS PUEBLOS EL VIEJO A AIZQUIERDA Y EL NUEVO A LA DERECHA EL VIEJO YA RECONSTRUIDO
LOS DOS PUEBLOS EL VIEJO A AIZQUIERDA Y EL NUEVO A LA DERECHA EL VIEJO YA RECONSTRUIDO

Ribadelago

«Era una noche sin luz y con niebla...». María Jesús Otero Puente asumió ayer la voz de los supervivientes de la tragedia de Ribadelago, que en la madrugada del 9 de enero de 1959 segó la vida de 144 personas y destruyó todo un pueblo como consecuencia de la rotura de la presa de Vega de Tera.

Medio siglo después, la perenne memoria que año a año han mantenido viva en la intimidad de la iglesia de Ribadelago un puñado de vecinos cada 9 de enero, se tornó en un multitudinario acontecimiento. Políticos de todo signo, alcaldes, representantes de las administraciones, asociaciones, entidades bancarias... Una amalgama de personas acompañaron a los vecinos de Ribadelago, a los supervivientes y familiares en el recuerdo de aquella mortífera riada que estremeció a Zamora. Hasta la Casa Real, ausente en los actos pese a que se acariciaba la esperanza de que algún miembro pisara Ribadelago, tuvo un gesto de cercanía con el acontecimiento de la mano del Príncipe Felipe. El heredero de la Corona remitió un telegrama ayer por la mañana para unirse «de corazón a este homenaje a los 144 sanabreses que perdieron la vida, así como a los supervivientes de esa tragedia».

Ciento cuarenta y cuatro nombres que desde ayer permanecen inmortalizados en una placa de bronce junto a la escultura de Ricardo Flecha descubierta en el pueblo, representando a una madre sanabresa de la época del desastre que rodea y protege con su toquilla a un niño asustado por la catástrofe y que a la vez simboliza el futuro. Una majestuosa pieza en bronce, con una altura de 2,52 metros y unos tres mil kilos de peso, que se levanta cincuenta años después de la tragedia. Los obispos de Astorga (Camilo Lorenzo) y Zamora (Gregorio Martínez), acompañados del párroco de Ribadelago y otros de la zona, protagonizaron la bendición del monumento, donde se depositó un ramo de flores.
El multitudinario homenaje, organizado por el Ayuntamiento de Galende, no por menos íntimo fue menos emotivo. Todo lo contrario. Un emergente sentimiento de solidaridad y cercanía se extendió por la carpa. Primero fue el alcalde de Galende, Jesús Villasante, quien priorizó la bienvenida con un «queridos supervivientes». Más de un centenar de aquellos que sobrevivieron a la tragedia fueron situados en un lugar preferente.

Un inconfundible rincón cargado de sentimiento, de dolor, de recuerdo... También de lágrimas. Como las de Eloína Fernández, inconsolable con la memoria de los padres y dos hermanos perdidos. El nonagenario Olegario Parra, desolado recordando a los tres hijos que no vio crecer; Avelino Puente, a quien la riada arrebató a una hermana de 24 años; Nieves Fernández y su marido Victorino Fernández; César González, que se quedó huérfano de padre; José Fernández Vargas, a quien la riada dejó solo en la vida con dos añitos mientras los cuerpos de sus padres y un hermano flotaban sobre las aguas; Felipe San Román, huérfano de madre con sólo doce meses de vida... Salvador Parra, ausente en el acto por enfermedad; Francisca Fernández Coco, Manuel Fernández, José Puente, Tomasa Puente....

Cada persona esconde una historia de tristeza, pero también de superación. La catástrofe reunió ayer a más de un centenar de supervivientes, a los que pusieron voz las sobrecogedoras palabras de María Jesús Otero. Esa niña de diez años aquella noche «sin luz y con niebla» que martillea en su memoria cuando «el agua arrastraba casas y víctimas» es profesora de Lengua y Literatura en un Instituto de Madrid.

«No os abandonaremos»

A Mª Jesús Otero la distancia no le ha restado un ápice de apego a su pueblo de Ribadelago, donde floreció la cultura popular, un núcleo «rico en ilusiones y en una vida intensa de trabajo duro». Con un indisimulado resentimiento contra quienes en el año 1948 pusieron las miras en la zona para explotar la riqueza hidráulica, María Jesús Otero recordó a los que murieron en las obras de presa y a los supervivientes que enfermaron de silicosis «y han ido muriendo en un macabro goteo a lo largo de cuarenta años... Y, por fin, se llevan por delante el pueblo». Ribadelago pagó caro el precio del progreso, «que no nos dio nada, ni la luz. Y nos quitó todo, hasta la vida».

Un estremecedor silencio atendía las palabras de esta superviviente, quien aprovechó el amplio aforo político para solicitar la «sensibilidad» de las autoridades con un pueblo «que sigue un tanto abandonado», a la vez que apelaba a «no cometer más atentados contra el falso progreso».

Palabras que tendrán su perpetuo sentido en el anunciado edificio de la memoria de la catástrofe, que incorporará material gráfico, sonoro y objetos alusivos al desastre para que el recuerdo de las víctimas sea imperecedero. Una iniciativa impulsada por el Ayuntamiento de Galende, que ayer recibió el respaldo público del presidente de la Diputación, Fernando Martínez Maíllo, con la cesión de una casa en Ribadelago propiedad de la institución provincial para albergar la sede del edificio.

El alcalde de Galende, Jesús Villasante, al grito de «pedimos justicia», recogió el guante lanzado por Martínez Maíllo, desde «este pequeño pueblo, donde todavía hoy cada corazón que late siembra por las venas sangre dolorida; cada corazón es una sepultura sobre la que sigue llorando una población que, a pesar del coraje, aún vive en la pesadilla». Villasante reclamó el reconocimiento a las víctimas, obligadas a «soportar el horror de ver cómo sus familias, padres, hijos hermanos eran arrastrados por una ola de muerte que no perdonó ni a los niños, a los que llevó con el primer sueño.,.. Veinticinco mil pesetas pagaron la muerte de un niño. El tesoro más precioso no tenía valor entonces».

La consejera de Administración Autonómica, Isabel Alonso ­apostó por «seguir recordando y a la vez mirar hacia adelante». Y un no menos efusivo presidente de las Cortes, José Manuel Fernández Santiago, confesó que la tragedia de Ribadelago «forma parte de mis memorias más íntimas, porque me lo contaba mi abuelo». Imbuido por esa cercanía que ayer se dejaban sentir en la abarrotada carpa de Ribadelago, el presidente de las Cortes se dirigió de forma muy directa a los supervivientes. «No os abandonaremos y procuraremos que otros muchos no os olviden jamás», prometió como portador de «un sentimiento honesto y de solidaridad de todos los ciudadanos de Castilla y León».
El delegado del Gobierno, Miguel Alejo, no se quedó atrás. Receptor de las demandas planteadas por el alcalde, víctimas y vecinos, el representante del Gobierno central aseguró « haber escuchado «atentamente» las reclamaciones y prometió «trabajar para atender las necesidades» porque «Ribadelago se lo merece todo. Sabéis que contáis con nuestro apoyo».

La cascada de reacciones solidarias con Ribadelago no pasó desapercibida para unos vecinos que piden «más hechos y menos palabras». Aunque ayer era día de de recuerdo. Y de él dejaron también constancia los representantes de la Iglesia. Los obispos de Astorga y Zamora oficiaron una misa al final de la mañana, concelebrada con sacerdotes de la zona. En la homilía, el prelado astorgano, Camilo Lorenzo, desveló su conocimiento de la tragedia del año 1959, durante su estancia en el Seminario; «cuando nos dieron la noticia, rezamos por las víctimas y por los que habían conservado la vida». Consciente de la trascendencia de la tragedia, el Obispo de Astorga (Diócesis a la que pertenece Ribadelago) recordó que «siempre se busca a los culpables... Y algunas veces los fallos humanos pueden servir para que los responsables de proyectos similares hayan corregido los fallos técnicos y humanos».
La Banda de Música de Zamora, dirigida por José Ignacio Petit, que por la mañana tocó la Marcha Fúnebre de Chopin en medio de un sobrecogedor silencio, protagonizó por la tarde un concierto, caracterizado por la espiritualidad y el recogimiento, muy aplaudido por todos.

Ribadelago

Dolor y recuerdo. Así se evocará en Ribadelago el cincuenta aniversario de la rotura de la presa de Vega de Tera que ocasionó el desastre, aquella noche lúgubre del 9 de enero de 1959: 144 muertos y un pueblo asolado. Recuerdos que pueden observarse en el conjunto de fotografías cedidas a La Opinión de Zamora por el Archivo Histórico Provincial y la Subdelegación del Gobierno.

  50º ANIVERSARIO DE LA TRAGEDIA DE RIBADELAGO

 

Tañidos en recuerdo de una noche inolvidable

 

Unas dos mil personas participan en la inauguración de los actos conmemorativos de la catástrofe, con la iluminación del Cañón del Tera y el repique de campanas

Bajo una atmósfera invernal, a semejanza de la madrugada del 9 de enero de 1959, el pueblo de Ribadelago rememoraba anoche la rotura de la presa de Vega de Tera que se llevó por delante la vida de 144 personas, dejando un rastro de tragedia y desolación. Hasta ocho grados bajo cero anunciaban las predicciones meteorológicas y de ello daba buena muestra la tabla de hielo en la que se convirtió el río a su paso por el pueblo. Cincuenta años después, los supervivientes ­-algunos residentes en Ribadelago y otros llegados de fuera­-, familiares y vecinos, se disponían a rendir un sentido homenaje los muertos y también a quienes sobrevivieron a la catástrofe cargando de por vida con el recuerdo y la pena.

Alrededor de dos mil personas ­-todo Ribadelago y muchos llegados de la comarca-­ se concentraron en el pueblo que sufrió la tragedia, abrigados hasta las orejas para soportar la gélida noche. Los congregados, entre los que se encontraban el presidente de la Diputación (Fernando Martínez Maíllo), el alcalde de Galende (Jesús Villasante) y el alcalde pedáneo (Alfredo Puente), esperaban expectantes el gran momento de la noche: la proyección de un haz de luz que iluminaría el Cañón del Tera por donde bajó la tromba de agua, aquel que hace medio siglo trazó un caudal de muerte.

Con cámaras de fotos y vídeo esperaban impacientes la gran luminaria que, por su escasa potencia, causó cierta decepción. Tanto que, una vez encendidos los dos focos desde la explanada de Navalcarnero hacia la embocadura del cañón, la gente se preguntaba cuándo se ponía en marcha la iluminación. No fueron los tres kilómetros de luz anunciados sino un más modesto enfoque que provocó más de una reacción de desengaño.

Media hora antes, Ribadelago sufrió un corte de luz durante media hora, que ya había dado que hablar en los corrillos cada vez más numerosos que se formaron para asistir a la inauguración de los actos conmemorativos del cincuenta aniversario de la rotura de la presa de Vega de Tera.
La gran riada irrumpió en Ribadelago anegando todo un pueblo y desembocando, con todo lo que pillaba a su paso, en el Lago de Sanabria. Han pasado cincuenta años y, aunque en la memoria de los supervivientes y familiares de las víctimas pervive perenne la estela de la tragedia, 2009 se presentaba como una fecha emblemática para organizar un gran recordatorio con los Reyes de España como presidentes de Honor, aunque finalmente nadie de la Casa Real estará presente hoy en Ribadelago.

Tras la proyección del fallido cañón de luz, llegó la actuación de la Coral "Tierras Altas" de Sanabria con un repertorio basado en temas de índole popular y religioso que percutió en el alma de cuantos se reunieron en una carpa abarrotada y que se hizo pequeña pese a las 450 sillas instaladas para acoger los actos a lo largo de todo el fin de semana.
Fue el aperitivo en una noche íntima, emotiva, sin alharacas ­-hoy habrá tiempo para todo ello-, de dolor, de recuerdo. A las 00.10 de la madrugada, con el nacimiento de un nuevo 9 de enero, cincuenta años después de la tragedia, el repique de campanas retumbó hasta casi intimidar. Los ayuntamientos de Zamora, Benavente y una veintena de pueblos de la zona se sumaron al tañido de las campanas de la iglesia de Ribadelago. La memoria de los presentes estaba con quien hace medio siglo se enfrentaba a uno de los siniestros más trágicos de la historia de Zamora. A medida que avanzaba la madrugada un manto blanco cubría el pueblo. La nieve hizo acto de presencia y, a medida que avanzaba la madrugada, caía con más fuerza.

. Ribadelago
Calle Guadalquivir, calle Júcar, calle Guadiana, calle Segura. Son nombres de un callejero propio de un pueblo de Andalucía, al que acompaña además una hechura exenta de piedra a la vista, lucido de blanco y con pajares y cuadras sólo de nombre «porque no entraba más que una arroba de hierba y una o dos vacas de culo al ser como una habitación de grandes». Sin embargo, es la identidad del Ribadelago de Franco, construido en plena Sanabria sin la menor armonía al tipismo de la zona ni ajuste a un núcleo ganadero. Y al contrario de todos los asentamientos del territorio, que buscan la solana, ocupa una umbría que obligó a los moradores a revestir las viviendas de pizarra para combatir las humedades y la enfermedad.
San Martín de Castañeda, Murias, Lubián, Aciberos, Rábano, Rozas, Quintana... cualquier pueblo del lugar elegido mira hacia el sol para recibir el calor de sus rayos.
Los propios ribalagueses han ido entonando el desaguisado recuperando el "Viejo" pueblo, que recobra vigor y belleza frente al "Nuevo", que presenta, para colmo, edificios sociales y de reunión en un estado de penuria lamentable, con los ventanales cubiertos por plásticos y equipados con arcaicas estufas para evitar que castañeteen los dientes del vecindario en semejante frigorífico.

El 15 de enero de 1959, en medio del gran desahucio humano provocado por la mortífera avenida de ocho millones de metros cúbicos de agua escapados en tromba de la presa de Vega de Tera, se promulgó el decreto que declara adoptado por el caudillo Francisco Franco el pueblo de Ribadelago y se encomienda su reconstrucción. «La Dirección General de Arquitectura, con cargo a sus presupuestos y con arreglo a sus normas, llevará a cabo la ejecución de las correspondientes obras».

Fue presentado por el Ministro Arrese a los periodistas, en Madrid, en un ambiente de enorme rigor. "Significa que se edificará con ese aire gentil" recogió "ABC". La prensa hizo entonces referencias a otras construcciones de gran calado como Belchite.
Un año después de la tragedia, en enero de 1950, la Dirección de Arquitectura informó de un proyecto de seis viviendas "de tipo A", compuestas por cocina-comedor, cuarto de estar, cuatro dormitorios, cuadra, cobertizo para carro, henil, aseo con ducha y corral. Luego anunciaba como «pendientes de aprobación» de otras veinte viviendas "de tipo B", con un dormitorio menos. Además, apuntaba que las viviendas están adjudicadas a la empresa "Huarte, S. A.", con un plazo de ejecución de seis meses.

Igualmente, hizo referencia a la ejecución, ya casi finalizado, del grupo escultórico «que, actualmente, se está fundiendo en bronce». Consistía en una Virgen con el Niño, muy semejante a las madres que cargaban a sus hijos en brazos. Asimismo, se hacía mención a un tercer grupo de casas, para completar el programa de viviendas de Ribadelago.
El nuevo poblado fue tomando consistencia durante el año 1960, dándose cuenta, en el mes de septiembre, de una distribución de 8 viviendas "de tipo A", 18 viviendas "de tipo B", 26 viviendas "de tipo C", 14 viviendas "de tipo D", 6 locales comerciales y de artesanía, 2 locales comerciales y de recreo, junto al Centro Cívico y Casa Rectoral, una Casa Rectoral y 2 viviendas para maestros.

Según los datos consignados entonces, el importe por vivienda de tipo A ascendía a 2.001, 8 euros (333.074,52 pesetas), a 1.560,7 euros (259.692,57 pesetas) la de tipo B, y a 1.241,1 euros (206.518,30 pesetas) las de tipo C, desconociéndose el presupuesto de las de tipo D.
Los locales comerciales y de recreo en el Centro Civil suponía un importe total de 774.555,69 pesetas y los locales comerciales y de artesanía un total de 873.600,30 pesetas.
La desilusión volvió a los supervivientes de Ribadelago cuando comprobaron que el nuevo pueblo, copiado del Plan Badajoz, lejos de correr a cargo de los presupuestos estatales recayó en buena medida en cada vecino, que debió afrontar el pago echando mano a las indemnizaciones recibidas por las pérdidas de familiares y bienes. «Nos tocó pagar. Tres viviendas fueron a 140.000 pesetas, otras 80.000. otras 70.00 y otras a 60.000 pesetas. Salían por el precio que había en España» expresa César González.

La construcción del Nuevo Ribadelago se prolongó más de la cuenta y «lo más terrible fue que terminado el pueblo completamente, las cubiertas fueron echadas abajo porque decían que no tenían garantía, al hacerse de cal y yeso». Eligieron un proyecto del plan Badajoz, de modo que las casas contaban con las cocina abajo, lo contrario de lo estilado en la zona. «En los despachos hicieron los dibujos pero no miraron ni costumbres ni nada».

El monumento diseñado y construido en medio del Nuevo Ribadelago duró poco más de un soplo. Cuando el ministro de Vivienda observó que en un excelente muro de mármol quedaban consignados los nombres de los fallecidos mandó retirarlo «porque la plaza iba a ser el lugar de disfrute de la gente». Unas cargas de dinamita volaron el mural.

Es Ribadelago un lugar de continuadas mutaciones, donde cambian de sitio las personas, cambian las imágenes y hasta los edificios.

 

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